En este artículo, la psicóloga de nuestro centro Ganaëlle Anza Guitart nos explica los tipos de depresión infantil, los factores familiares de riesgo, los síntomas a los que hay que estar alerta, así como un caso clínico que ilustra la respuesta inadecuada y contraproducente que se da, algunas veces, en el entorno de estos niños.

Diagnóstico: algunas depresiones infantiles están enmascaradas

Reconocer y diagnosticar la depresión en un niño puede ser complejo debido a que la depresión infantil puede estar presente junto a otros trastornos, como la ansiedad y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Detrás de un comportamiento hiperactivo o de conductas de rebeldía o agresivas puede haber una depresión enmascarada.

A pesar de la dificultad que supone el diagnóstico, la depresión es la principal causa de enfermedad y discapacidad en niños y adolescentes de ambos sexos entre 10 y 19 años, según la OMS (Organización Mundial de la Salud).

El hecho de que los padres exijan una serie de cualidades a su hijo y manifiesten su decepción cuando este no responde a sus expectativas, constituye un factor de riesgo

Depresión infantil: tipos, factores familiares de riesgo y síntomas_Centro de lateralidad y psicomotricidad Joëlle Guitart

Tipos de depresión infantil

Existen varios tipos de depresión infantil:

-Distimia: un tipo de tristeza leve que se prolonga durante un largo periodo de tiempo.

-Trastorno adaptativo con estado de ánimo depresivo: es una forma menos severa que la anterior y, para ser diagnosticada como tal, debe estar presente durante un periodo inferior a los seis meses.

-Depresión grave/mayor: interfiere significativamente en las actividades de la vida diaria: en la escuela, en la vida social, en las relaciones familiares, etc. El niño presenta un estado de ánimo depresivo o irritable y/o falta de interés o placer en casi todas las actividades por un período mínimo de dos semanas. En algunas ocasiones, puede llevar a intentos autolíticos (las tentativas autolíticas son actos suicidas cuyo resultado no implica la muerte), aunque estos son muy poco comunes en los niños pequeños.

Factores familiares de riesgo

Existen factores familiares de riesgo que pueden contribuir al desarrollo de un estado depresivo en la infancia. A menudo se observa, a través de la anamnesis, que uno de los padres o cuidadores ha vivido una situación de duelo coincidiendo con los primeros años de vida del niño, que la madre ha sufrido una depresión postparto o que alguno de los principales cuidadores ha sufrido algún otro tipo de depresión.

Asimismo, constituye otro factor de riesgo el hecho de que los padres exijan una serie de cualidades a su hijo y manifiesten su decepción cuando este no responde a sus expectativas.

Sintomatología de la depresión infantil

Depresión infantil: tipos, factores familiares de riesgo y síntomas

Los síntomas que deben alertarnos sobre la posibilidad de que un niño esté sufriendo un estado depresivo son los siguientes:

-Tendencia al aislamiento: rechazo o mínimo interés en el juego, aislamiento y pérdida de la relación con los compañeros.

-Cambios en la dinámica habitual: dificultades escolares, fatiga matinal, pérdida de la vivacidad y de la espontaneidad en el intercambio con el otro, falta de concentración, etc.

-Expresiones somáticas: problemas para conciliar el sueño, dolores de cabeza / barriga, enuresis y pérdida del apetito.

-Agitación psicomotriz y comportamientos agresivos y de enfado: este comportamiento puede convertirse en una forma habitual de defenderse de los sentimientos depresivos.

-Búsqueda inconsciente para exponerse a situaciones de riesgo: a menudo son niños que padecen caídas u otros accidentes por falta de cuidado y atención, y que pueden responder a tendencias autopunitivas.

-Apreciaciones subjetivas (rara vez expresadas directamente por el niño): sentimiento de aburrimiento y vacío, tristeza, preocupaciones, poca esperanza, sentimientos de impotencia, imagen negativa de sí mismo y/o culpabilidad.

Los dos criterios esenciales para el diagnóstico de la depresión en el niño son el estado de ánimo disfórico (tristeza, ansiedad, inquietud, etc.) y las ideas de desaprobación de sí mismo

Criterios clínicos esenciales para el diagnóstico de la depresión infantil

Existen 4 criterios clínicos esenciales para el diagnóstico de la depresión en el niño, mencionados por F. Palacio y R. Dufour (1995):

-Problema manifiesto y duradero del estado de humor, ya sea en forma de tristeza o de exaltación del humor (formas hipomaniacas).

-Inhibiciones (en el aspecto psicomotor, mental, afectivo, lúdico, intelectual, escolar, etc.) o, por el contrario, presencia de un cuadro de hiperactividad.

-Manifestaciones persistentes negativas sobre sí mismo o, a la inversa, exaltadas (hipomanía).

-Vivencias de pérdida con sentimientos de soledad, de abandono, de rechazo y de exclusión; ideas con miedos a la enfermedad o a la muerte de los seres queridos o, a la inversa, en la presentación hipomaníaca: vivencia de las relaciones marcada por la idealización.
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Para Weinberg y colaboradores, los dos criterios esenciales para el diagnóstico de la depresión en el niño son el estado de ánimo disfórico (tristeza, ansiedad, inquietud, etc.) y las ideas de desaprobación de sí mismo. Además, debe haber, al menos, otros dos síntomas de los enunciados anteriormente.

Caso clínico

El ambiente niega y el niño hace de chivo expiatorio

Depresión infantil: tipos, factores familiares de riesgo y síntomas

Una madre acude a una primera vista con su hijo de 10 años relatando, como motivo de consulta, una disminución del rendimiento escolar, dificultades en la concentración y cierta tristeza en el niño.

Ante este decaimiento general de su hijo, la respuesta de la madre y de la escuela (tras coordinación entre ambas) es una respuesta de exigirle, presionarle y verlo como un niño vago. Esto hace pensar en cómo la tristeza del niño crea cierta rabia y frustración en su entorno; aspectos que también pueden estar inscritos en el niño, pero que, de momento, están colocados en los demás. Tal como lo expresa Fillat, N. (1998), «A menudo, estas manifestaciones del niño irritan al adulto y aumenta la exigencia de los padres y de los educadores, lo cual no hace más que aumentar el sentimiento de fracaso en el niño y, finalmente, provocar que tire la toalla. A veces, no es fácil hacer entender a los padres que el niño está desanimado, deprimido; que no se siente lo suficientemente válido y capaz, que se siente fracasado y en un camino sin salida».

A través de las entrevistas, aparecen datos relevantes: la separación de los padres cuando el niño tenía 4 años, un cambio de ciudad con la madre poco tiempo después (lo que provoca que vea menos a su progenitor) y, un año más tarde, el cambio de residencia del padre a otro país y la poca presencia desde entonces de la figura paterna, entre otros.

Asimismo, al entrar en Primaria, el niño empieza a ser objeto de burlas por parte de sus compañeros: se burlan de su sobrepeso. Aunque es cierto que el niño tiene una estructura corporal algo más grande que los otros niños de su edad, creo que la causa del acoso es que sus compañeros detectan su fragilidad debido al perfil de cierta formalidad y sometimiento que presenta.

En líneas generales, podemos decir que en la historia biográfica del niño acontecen una serie de rupturas, duelos y vivencias amenazantes que, seguramente, también están presentes en la madre ―en su ansiedad y en su estilo educativo― a través del exigir. Tal como escriben Alberto Campo y Cristina Ribera (1989), «El ambiente niega y el niño hace de chivo expiatorio». La madre tiene cierta tendencia a quitarle importancia a los hechos vividos, como una manera de protegerse a sí misma de contactar con su propio sufrimiento. Y al verlo en el hijo, rápidamente se minimizan las consecuencias o el malestar que ambos puedan compartir.

A través de las entrevistas y de las pruebas diagnósticas, se observa en el paciente un fondo de personalidad con ansiedades depresivas y fóbicas, y unas defensas evitativas y de retraimiento. La imagen de ser un buen niño ejerce un gran peso sobre él (no mostrar su sufrimiento, cumplir con las normas y objetivos que no logra alcanzar, etc.) y, a la vez, alimenta sus sentimientos de culpabilidad (como el reproche y autorreproche por no cuidar suficiente a sus figuras parentales) y de desvalorización, así como su temor a que le dejen de querer.

El niño no puede mentalizar la rabia que reprime. Sin duda, teme exponerse, aunque también desea ser ayudado. Sin embargo, todo ello está entremezclado con una necesidad de complacer y de evitar cualquier confrontación, lo que hace que necesite decir que las cosas van mejor, evitando así remover ciertos temas o miedos.

Siguiendo el enfoque de Alberto Campo y Cristina Ribera (1989), el primer objetivo del terapeuta será calmar la ansiedad que presentan tanto la madre como el hijo y lograr que se sientan apoyados y comprendidos. Una vez que el niño pueda ir entendiendo por qué se ve como un niño malo, por qué se siente triste y por qué está acudiendo a terapia, también irá comprendiendo que no es tan malo, lo que, a su vez, disminuirá su ansiedad.

Bibliografía:

– La OMS pide que se preste mayor atención a la salud de los adolescentes. (2014). Recuperado de: http://www.who.int/mediacentre/news/releases/2014/focus-adolescent-health/es/

– Depresión en los niños. (1998). Recuperado de: http://www.infocop.es/pdf/Depresionni%C3%B1os2017.pdf

– Campo, A.J. y Ribera, C. (1989). Hiperactividad, depresión, ambiente depresivo”. En El juego, los niños y el diagnóstico. pp. 87-97. Barcelona: Ediciones Paidós.

– Fillat, N. (1998). Sobre la depressió en el nen. XIII Jornades de la Revista Catalana de Psicoanàlisi.