Por Susana Lladó

 

Todos los niños y adolescentes, al igual que los adultos, tienen, en mayor o menor medida, conflictos emocionales. Sin embargo, los niños y adolescentes con problemas de motricidad viven una serie de experiencias en su día a día de las que se derivan problemas emocionales muy específicos y comunes a todos ellos, dado que la motricidad no solo afecta a la condición física de la persona, sino que también repercute en el desarrollo psicológico y social.

Hoy entrevistamos al psicólogo infanto-juvenil Luis Elías Llorens, del Centro de Lateralidad y Psicomotricidad Joëlle Guitart, para que nos explique en qué consisten estos problemas motrices y emocionales, y cómo se tratan y superan en terapia.

 

“Validar las experiencias del niño le ayuda a construir adecuadamente su identidad”

 
¿Todos los niños con dificultades motrices son niños con trastorno de lateralidad?

Los niños o adoslescentes con trastorno de lateralidad suelen presentar dificultades de tipo motriz, pero en el centro también tratamos a pacientes con problemas motrices que tienen su etiología en otra causa, como por ejemplo el retraso en el desarrollo psicomotor (aprendizaje de la lecto-escritura después de los seis años, control de esfínteres después de los tres años, saltar con pies juntos después de los cuatro años, etc.). Sea cual sea la causa, el hecho de tener dificultades motrices provoca que se desencadenen conflictos emocionales en el niño.

 

¿De qué tipo de conflictos emocionales hablamos?

Estos niños y adolescentes suelen tener problemas de confianza, autoestima, inseguridad, comunicación, ansiedad, apatía e identidad. Todos estos conflictos, a su vez, se convierten en un obstáculo para superar los problemas motrices. Entran en una dinámica que hay que romper mediante la terapia adecuada.

 

Vayamos por partes. ¿Por qué tienen problemas de confianza?

Se ven como los “raros” porque suelen hacer las cosas “mal”. Como además de los problemas de movimiento tienen problemas de concentración y abstracción (hablar del sentido de las cosas de forma abstracta), e incluso dificultades para la expresión oral y escrita, se sienten por debajo de la normalidad. Cuanto más incrementan esta concepción de sí mismos, que es irreal, más desconfianza van desarrollando hacia los demás, ya que tienen miedo a ser juzgados.

 

“El niño debe poder ser niño, equivocarse y aprender. Un niño no nace adulto”

 

¿De ahí la inseguridad?

Sí, se va incrementando, y por eso desisten de aprender cosas nuevas. Dejan de esforzarse, de preguntar y comunicarse. Si yo sé que al decir o hacer algo se me va a juzgar, que me voy a sentir mal ante la respuesta del otro o incluso que se me va a insultar tildándome de tonto (en el ámbito escolar, por ejemplo), dejaré de expresarme. La comunicación se ve afectada.

 

Hemos llegado a la apatía

Exacto.  Están en una etapa en la que deberían tener intereses nuevos y, en cambio, no los tienen. Predomina un desinterés general que está directamente relacionado con esa capacidad mermada que, en realidad, no se corresponde con el potencial que tienen.

 

¿A qué punto les conduce esta situación?

A una crisis de identidad. El niño ve cómo se van empobreciendo sus relaciones interpersonales con otros niños de su edad, e incluso con los adultos, ya que la comunicación en el ámbito familiar, por ejemplo, también disminuye: no comunican sus experiencias y esto les impide tener un feedback de lo que están viviendo.

En muchos casos, nos encontramos con niños que sufren una gran ansiedad y problemas depresivos.

 

“La infancia y la adolescencia son las etapas en las que construimos nuestra identidad y la forma en la que nos vamos a relacionar en el futuro”

 
De acuerdo. Vayamos a las soluciones. ¿Cómo se rompe está dinámica a través de la terapia?

Hay tres puntos que son clave para crear un entorno positivo que nos permita trabajar estos aspectos con el niño (tanto los aspectos motrices como los emocionales) para que se sientan con la confianza suficiente como para empezar a expresarse y a aprender; siendo conscientes de que este ambiente de apoyo pasa por, al principio, no forzar al niño a que se exprese si no quiere. El vínculo de confianza se establece paulatinamente.

 

¿Cuál es el primer punto?

Trabajar su potencial, de forma progresiva, para que vayan viendo que sí son capaces de mejorar sus capacidades motrices. En cuanto ven un progreso en este sentido, también mejoran en su autoestima. Cuanta más seguridad adquieren en sí mismos, más crece su motivación e interés. Se establece una relación directa. Van perdiendo el miedo a equivocarse.

 

¿Y el segundo?

No juzgar negativamente, ni de forma autoritaria, lo que estos niños puedan hacer mal o estén entendiendo de manera equivocada. Hay que hacer justo lo contrario: hay que validar sus experiencias.

 

¿Qué significa “validar sus experiencias”?

Cuando un niño o adolescente explica algo sobre sus experiencias que juzgamos internamente como erróneo, no debemos decirle que está mal y empezar a explicarle lo que debería hacer o cómo debería sentirse. Hay que hacer una validación de su experiencia: dar importancia y sentido a lo que él está viviendo en ese momento. Esto es lo que el niño espera: que “recojamos” el esfuerzo que haya podido representar para él hacer lo que ha hecho; recoger ese sentimiento, esa emoción que pueda estar experimentando y, desde esa validación, hacer una reeducación, explicarle cómo debería haber hecho las cosas.

 

“Debemos dar sentido y contención emocional a lo que experimenta el niño”

 

¿Cómo deberíamos hacerlo?

Consiguiendo que el niño sienta que le estamos escuchando, que damos importancia a lo que nos explica, porque para él la tiene. Lo vive como algo importante. Quizá, nosotros, como adultos, sabemos que no lo es, y que el niño lo vive así por inmadurez emocional o desconocimiento, pero lo importante es que él lo está viviendo así. Tenemos que conseguir que sienta nuestra empatía.

 

Pero ante determinadas situaciones es difícil para los padres hacer ese ejercicio

Por muy mal que nos suene lo que nos expliquen, y a no ser que pueda tener una consecuencia directa que afecte a su salud, en cuyo caso habría que intervenir, hay que evitar el juicio.

Como adultos, debemos validar las experiencias de los niños: dar importancia a lo que están experimentando emocionalmente. Esta actitud contribuye a que construyan adecuadamente su identidad.

 

El niño debe poder ser niño

El niño debe poder ser niño, equivocarse y aprender. Un niño no nace adulto.

 

De otro modo, se rompe la comunicación

Sí, suele haber una presión por parte de la familia porque proyectamos estereotipos. Algunos padres proyectan el futuro que desean para sus hijos: el niño lo tiene que aprobar todo, va a estudiar tal carrera, etc. Lo han visualizado así, en lugar de entender que son niños que tienen dificultades, que, como todos, van a cometer errores, y que quizá van a recorrer el camino del aprendizaje con más lentitud, pero de una manera más eficiente y con mejores resultados.

 

La comunicación en casa es fundamental

Es una pieza clave. Me refiero a la comunicación de las emociones, no de las cosas banales. En terapia lo vemos: hay niños que explican lo que han hecho durante el día o sus planes con los amigos para el fin de semana, pero se bloquean cuando entramos en el “cómo me siento”. Ahí es donde aparecen las barreras: temen quedar expuestos. A veces, también puede suceder que, por sus propios miedos, ni siquiera se hayan planteado la pregunta.

Cuanto más puedan expresarse, más van a normalizar sus dificultades y más van a conseguir romper los prejuicios con los que, a menudo, se topan en el sistema escolar; los prejuicios relacionados con sus propias dificultades motrices o psicomotrices, o los derivados de un trastorno de lateralidad no tratado.

 

“Cuando el niño no puede canalizar sus emociones (expresarlas) y no tiene acompañamiento para analizar las negativas, se vuelve un niño problemático”

 
¿Qué le ocurre al niño cuando se rompe la comunicación?

La infancia y la adolescencia son las etapas en las que construimos nuestra identidad y la forma en la que nos vamos a relacionar en el futuro, en nuestro puesto de trabajo, con la familia, la pareja, los amigos, etc. El desamparo comunicativo del niño puede fomentar que acoja herramientas que son perjudiciales para él, pero que son las que le permitirán sobrevivir.

 

¿Con qué consecuencias?

Cada niño reacciona de una manera distinta: puede que se anule como persona, que se convierta en un niño agresivo, que desarrolle un trastorno alimentario, etc. Por esto es tan importante que se expresen: al expresarse alivian la angustia, y podemos “contener” sus emociones negativas. Cuando el niño no puede canalizar sus emociones (expresarlas) y no tiene acompañamiento para analizar las emociones negativas, se vuelve un niño problemático.

 

Mencionaba la agresividad hacia los otros como una posible reacción

Si el niño no tiene herramientas emocionales, desarrolla defensas para hacer frente a la vida. Una de estas herramientas puede ser la agresividad, lo vemos con frecuencia en el llamado bullying o acoso escolar: como yo no quiero ser lo que me están haciendo o lo que veo en otro niño intento destruirlo con agresividad.

 

Nos habíamos quedado en el tercer punto

Son los refuerzos positivos. Hay que dar espacio al niño para que experimente, y cuando esta experiencia es positiva para él, hacerle un refuerzo positivo. De esta manera, ganan confianza, autonomía, capacidad de tomar decisiones y conciencia de sus propias capacidades y habilidades, así como de que la terapia le está ayudando a mejorar sus capacidades psicomotrices.

 

“Al darle un sentido, el logro pasa a formar parte de su personalidad”

 

¿Cómo se hace el refuerzo?

Cuando el niño expresa sus emociones hay que decirle “Muy bien. ¿Ves cómo has podido expresar aquello que decías que no podías o no sabías expresar?”. Puede tratarse de la expresión de un miedo (yo no puedo hablar con chicas, esto no me va salir bien, no voy a jugar al futbol en el patio porque me dicen que no juego bien, etc.) o bien de la expresión de un logro (hoy he jugado al fútbol y me lo he pasado bien). En este último caso, hay que darle mucha importancia a esa vivencia y ayudarle a que sea consciente de ella para que no se siga instalando el pensamiento negativo.

 

Póngame otro ejemplo

A los niños con TDHA les cuesta mantener la atención. Cuando en terapia son capaces de sostenerla, les hacemos conscientes de su logro. Esto les ayuda a seguir progresando. Es una cadena: como tienen la experiencia de que pueden lograrlo, lo siguen intentando, se sienten mejor emocionalmente y, además, le hemos dado un sentido en terapia, no ha quedado en el aire. Al darle un sentido, el logro pasa a formar parte de su personalidad.

 

¿Cómo se trabaja en terapia la comunicación con los padres?

En terapia fomentamos la comunicación en ambos sentidos: para que los niños puedan ser comprendidos por los padres y para que, a su vez, los niños también comprendan a los padres.

En muchas ocasiones se da una situación paradójica: cuando los niños tienen un problema que les hace sentir mal, no acuden a la persona o personas que más quieren; en cambio, cuando les preguntamos qué harían si les ocurriera algo y tuvieran que llamar a alguien, contestan, que llamarían a su padre o a su madre.

 

Por último, ¿la terapia es grupal?

Normalmente, sí, a no ser que por algún motivo se considere que es mejor trabajar con el niño individualmente. Es muy positivo para ellos que la terapia sea en grupo. Los que hace poco que se han incorporado ven que los que llevan más tiempo cuentan sus experiencias y sentimientos con normalidad, a pesar de que tienen problemas parecidos a los suyos, y esto les ayuda a sentirse cómodos y a abrirse. En terapia expresan lo que no expresan en otros ámbitos.