“Contra lo oscuro, fracasa el Yo”, escribió Rilke

El miedo es una emoción, una emoción universal; es decir, propia de todos los seres humanos. Sentimos miedo cuando percibimos un peligro. Ante una amenaza, la parte más primitiva de nuestro cerebro se activa y entramos en estado de alerta. Este mecanismo neurológico, desde el punto de vista biológico, es una respuesta adaptativa, de supervivencia al medio y, por tanto, muy útil para proteger nuestra integridad cuando el peligro es real. Sin embargo, cuando la causa del miedo es infundada o no tenemos las herramientas para enfrentarnos a esta emoción, nuestro desarrollo personal y nuestro bienestar pueden verse afectados.

Hay miedos que son propios de la infancia, así como hay otros que lo son de las siguientes etapas de la vida: hasta los cinco años, por ejemplo, es normal que el niño tenga miedo a ir solo al lavabo, que tenga miedo a las alturas o a que los padres se olviden de ir a recogerlo al colegio. Pero, ¿qué significado debemos darle al hecho de que un niño de 8 años tenga miedo de irse a la cama estando sus padres en casa, o a que le pregunte insistentemente a su madre si le irá a buscar a la salida del cole?

Miedos en niños y adolescentes

En los últimos años, en nuestro centro, los terapeutas hemos constatado un aumento del miedo en nuestros pacientes (la emoción está presente en un 80 % de ellos y, en muchos casos, desde hace mucho tiempo). La expresión de miedos que deberían estar superados y de nuevos miedos que anteriormente nunca habían sido citados en consulta, ha empezado a generalizarse: miedo, a los 11 años,  a moverse por la propia casa; miedo a todo aquello relacionado con lo bélico (con estados de ansiedad y cuadro de angustia asociados); miedo a las noticias “apocalípticas”, miedo a viajar en transporte público (accidentes y/o atentados); miedo patológico a la muerte de los seres queridos en niños mayores de 9 años, miedo a la enfermedad, a que la vida cambie súbitamente, a las atracciones de las ferias, a las multitudes, a que los padres salgan a cenar fuera (el niño les llama continuamente reclamando su presencia en casa), miedo a no superar las dificultades de cada curso escolar…”En estos niños, la parte emocional invade por completo la parte racional. Y esto tiene graves consecuencias porque no se puede ser feliz sintiendo miedo”, nos explica la directora de nuestro centro, Joëlle Guitart. “Son niños muy ansiosos, inseguros, que padecen mucho, y con un gran temor al abandono”, añade.

Los miedos actuales de niños y adolescentes

Según la especialista, el modelo actual de sociedad en el que estamos inmersos está generando en muchos niños y adolescentes una gran sensación de inseguridad, incertidumbre y desprotección: nuevos tipos de familias en las que no encuentran la estabilidad o el lugar que necesitan, progenitores que tienen que viajar a menudo por trabajo o que sufren la inestabilidad y precariedad laboral, madres que llegan a casa más tarde incluso que los padres, los continuos atentados terroristas, el clima político mundial, el aumento del acoso escolar, el estresante ritmo de vida que empieza con las prisas de la mañana y prosigue más allá del horario escolar con actividades extraescolares, etc. “Muchos niños se sienten como si no tuvieran suelo bajo los pies, acusan la inestabilidad propia de los tiempos que vivimos; un clima de inestabilidad que también les llega continuamente a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Desde esta sensación de precariedad e incertidumbre ante el futuro les es muy difícil construirse un “yo” seguro”, señala Guitart.

Los nuevos miedos de los niños y adolescentes

El niño que no tiene “suelo” puede reaccionar de dos maneras distintas y opuestas entre sí: con una respuesta de inhibición (no pregunta en la escuela, mala orientación espacial porque no está bien situado frente al mundo, lentitud al hacer los deberes, dificultades de relación con niños de su misma edad, miedo a todos los juegos en los que no toca pie, etc.), o bien queriendo llamar la atención (hace lo posible por molestar, interrumpe en clase, es muy desordenado porque percibe el mundo como un lugar caótico, etc..). En ambos casos, sin embargo, hay mucha angustia y ansiedad, y también pánico a no hacer las cosas lo suficientemente bien, son muy exigentes consigo mismos.

En terapia, trabajamos los miedos a través de ejercicios de psicomotricidad, actividades manuales y juegos, porque al estado psicológico de amenaza y a los problemas conductuales hay que sumar el efecto que la angustia tiene en el cuerpo. A través del trabajo corporal, trabajamos los otros dos aspectos. “En general, los niños tienen poco tiempo para jugar. Aquí encuentran un espacio para hacerlo, un espacio para conectar con su yo y reforzarlo, que es la vía para poder empezar a gestionar cualquier miedo y aprender a desarrollar las herramientas con las que, en un futuro, podrán hacer frente a esta emoción, sea cual sea su causa”, concluye Guitart.

Para terminar, os invitamos a leer este excelente artículo de José Antonio Marina: Anatomía del miedo: Un tratado sobre la valentía.