La terapia de lateralidad en pacientes con síndrome de Down

En el centro de Lateralidad y Psicomotricidad Joëlle Guitart atendemos, desde hace años, a pacientes con síndrome de Down ligero y medio (no profundo). Hoy os explicamos, a través de un caso real, cómo el tratamiento ayuda a estos niños a estimular su desarrollo, a aumentar sus habilidades sociales y a proporcionarles mucha más autonomía, lo cual, a su vez, refuerza su autoestima.

 

El caso de Ana: primera entrevista con los padres

Ana (así la llamaremos) nació con síndrome de Down ligero. Sus padres, (una pareja que gracias a su inteligencia y actitud proactiva han sido claves en la terapia evolutiva de su hija) decidieron que la niña empezara a recibir estimulación temprana cuando solamente contaba 15 días de vida. Ana recibió este tipo de estimulación hasta los cinco años (fisioterapia, cognición y lenguaje) con una frecuencia de dos veces por semana y en sesiones de una hora y media de duración.

Los padres de Ana vinieron por primera vez al centro cuando su hija tenía ocho años. En la primera entrevista, además de explicar lo que acabamos de detallar, relataron que la niña no empezó a aguantar la cabeza hasta los nueve meses, que empezó a sentarse a los 17 y que no comenzó a andar hasta los dos años; un retraso propio de los niños con síndrome de Down. También relataron que era ambidiestra (más diestra que zurda), que presentaba una hipotonía importante (facial y en los miembros inferiores y superiores), que expresaba bien sus emociones por escrito pero no verbalmente, que tenía grandes dificultades con las nociones de temporalidad y espacio, que no deglutía bien, que todavía no sabía manejar bien los cubiertos ni atarse los zapatos, tenía enuresis nocturna, tendencia a engordar y que, aunque era extrovertida, como solía hablar sola, los otros niños se reían de ella; burlas que la hacían relacionarse con niños de menor edad.

Hasta que Ana empezó la terapia en el centro, sus padres habían hecho un gran esfuerzo por estimular su desarrollo: la niña había ido a clases de natación, equitación, ballet y danza, cantaba en una coral desde los tres años, también iba a clases de baile de bastón y a clases de teatro, le hacían masajes morfoanalíticos para trabajar el reequilibrio corporal a través de los músculos…Sin embargo, y a pesar de que habían conseguido progresos en aspectos como la coordinación y el ritmo, y de que Ana se esforzaba mucho,  la hipotonía seguía siendo elevada, la motricidad muy deficiente, presentaba un bloqueo total con las matemáticas (abstracción y nociones como la del cambio de dinero) y era muy lenta. Además, notaban que le costaba hacerse mayor (crecer a nivel psíquico) y había empezado a tener tics con la cabeza.

 

La terapia con Ana

Al igual que hacemos con todos los pacientes, el primer paso con Ana fue realizarle un test de lateralidad completo. Los resultados, efectivamente, mostraron que presentaba una lateralidad heterogénea y una hipotonía general importante. Antes de explicar el trabajo que realizamos con ella durante el tratamiento y los resultados obtenidos, cabe señalar que, al principio, Ana mostró una gran reticencia a la terapia individual, ya que pensaba que no haría los ejercicios bien. No obstante, venía de buena gana al centro y pronto nos hizo saber por qué: a ella le preocupaba su relación con los demás y también sus resultados escolares (las notas). Veía la terapia como un medio para mejorar en esos dos aspectos. De hecho, muy pronto, cuando iniciamos el trabajo de coordinación general y de equilibrio estático, le preguntó a la directora del centro, Joëlle Guitart, si la podía ayudar a “ir más deprisa en su recuperación”.

Con Ana trabajamos todos los ítems de la psicomotricidad durante cinco años, hasta que hace un mes terminó la terapia de lateralidad en pacientes con síndrome de Down (1 sesión semanal). En el transcurso de los primeros años, y poco a poco, aprendió a subir y bajar escaleras con más facilidad, a saltar a la comba, a caminar por el banco sueco sola (uno de los ejercicios que se hacen en el centro), los padres notaron que avanzaba significativamente en la noción de espacio y de tiempo, y la veían más segura de sí misma. Asimismo, como mejoró la lateralidad ojo-mano, mejoró también su escritura (ya escribía en la línea recta) y el tic desapareció. En la escuela, la seguían viendo dispersa, pero ya estaban apreciando toda esta evolución.

Ana era muy consciente de su situación. Cuando le dimos el resultado del primer test de seguimiento, en lugar de quedarse satisfecha con los buenos resultados, nos pidió de nuevo ayuda para mejorar en cuestiones que a ella le preocupaban, como su respiración. Los padres, en cambio, pusieron el énfasis en no correr. Su meta principal era que Ana ganara en autonomía.

Seguimos la terapia haciendo hincapié en la figura corporal para trabajar su yo corporal, un aspecto fundamental a la hora de mejorar su seguridad, y Ana aprendió finalmente cómo dar o comprobar el cambio al manejar dinero; un éxito que le permite ir a comprar sola y que, unido a sus logros relacionados con la noción de espacio, le permitieron también empezar utilizar el transporte público sola.

Con el tiempo, todos estos avances se fueron retroalimentando, de tal manera que a medida que iba ganando en autonomía, iba ganando en seguridad, y viceversa. Su ansiedad disminuyó, adelgazó, mejoró su concentración, empezó a sentirse mucho más motivada, a aumentar sus reflejos motores, mentales y emocionales; a expresar sus emociones, a pensar (pensar es la abstracción total), tiene un discurso más coherente y se apunta a los intercambios que organiza la coral en la que canta.

Cuando hace unas semanas, al dar por finalizada la terapia, nos despedimos, Ana preguntó si podía pasarse por el centro de vez en cuando para saludarnos. También comentó sus planes de futuro: quizá buscará trabajo como ayudante en el sector de la hostelería, aunque también está barajando la posibilidad de trabajar ayudando a niños pequeños con las dificultades que ella ha superado. Decida lo que decida, lo importante es que, a pesar de que no hay tratamiento que pueda cambiar el hecho de que tiene el síndrome de Down, el tratamiento de lateralidad y psicomotricidad ha hecho posible que mejore notablemente a nivel neurofisiológico, motor, mental, emocional y social.  Ana ha logrado un grado de autonomía que le permite ducharse sola, ir a hacer la compra, desplazarse por la ciudad, poder preguntar algo en la calle, cocinar y encontrar un trabajo; es decir, el grado de autonomía suficiente para ser independiente.

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