Laia nació con trastorno de lateralidad y, durante su infancia, hasta que recibió en nuestro centro el tratamiento que le permitió lateralizarse correctamente, sufrió dislexia. Más de veinte años después de su curación, se ha vuelto a poner en contacto con nosotros porque su hijo Pau tiene trastorno de lateralidad. El trastorno es hereditario, pero no se transmite una vez curado. Pau lo ha heredado de su padre. Laia y su marido han accedido a compartir con nosotros su testimonio; un testimonio que publicamos en tres entrevistas sucesivas: en esta primera, Laia nos hablará de cómo vivió su dislexia y de cómo fue el proceso hasta su curación; en la segunda, de su hijo Pau, y en la tercera, será Jordi, su marido, quien nos hable de su propia experiencia.

 

«Como en el colegio insistían en que me distraía a menudo, durante unos años fui peregrinando de un psicólogo a otro. Me hicieron la prueba de CI para saber si realmente era tonta o no. A esa edad fue duro pasar por esa situación»

 

Antes de empezar la entrevista, le comento que cambiaré tanto el nombre de su hijo como el de ella para preservar su anonimato. Laia me agradece el gesto, pero me dice que no es necesario. Cuando finalizamos la conversación, vuelvo a proponérselo, y su respuesta me confirma la imagen de mujer valiente, responsable y resolutiva que me he ido conformando de ella durante las dos horas en las que ha compartido conmigo sus vivencias; una actitud que no solo fue fundamental en su día para afrontar su dislexia asociada a una lateralidad cruzada, sino que ha sido esencial para diagnosticar de manera temprana a su hijo Pau: «La gente se extraña de la naturalidad con la que hablo de mi dislexia y del trastorno de lateralidad. Nunca me he avergonzado. Ofrecer mi testimonio puede ayudar a otras personas con el mismo problema; un problema que tiene solución, pero sobre el que todavía existe un gran desconocimiento».

 

¿A qué edad supo que era disléxica?

A los 9 años.

¿La diagnosticaron en el colegio?

No. Yo no rendía bien en el colegio, sobre todo, en las asignaturas relacionadas con las letras. Mis padres fueron a muchas entrevistas con los profesores. Les decían: «La niña no es tonta, pero se distrae mucho». Ellos ya sabían que no era tonta. Lo que no sabían es por qué tenía dificultades de aprendizaje. Los profesores no pudieron detectar mi dislexia porque no sabían lo que era (estamos hablando de hace casi 30 años).

Sin embargo, tuvo que hacer un test de CI (Cociente Intelectual)

Sí, como en el colegio insistían en que me distraía a menudo, durante unos años fui peregrinando de un psicólogo a otro. Me hicieron la prueba para saber si realmente era tonta o no. A esa edad fue duro pasar por esa situación. Y también lo fue comprobar que, a pesar de que el test salió bien, la psicóloga que me atendía entonces seguía tratándome como si fuera tonta.

¿En qué más le afectaba el hecho de tener dislexia?

Lo peor era tener que leer en voz alta. En clase, calculaba el párrafo que me iba a tocar leer a mí y me lo aprendía de memoria para poder “soltarlo” cuando llegara mi turno sin que se notaran mis dificultades. Era angustiante.

Es decir, no ensayaba los textos; los memorizaba.

Sí, los memorizaba para poder hacer ver que leía. Era la única forma de evitar el ridículo.

¿Cuál era el problema al leer?

El problema era que mi ojo iba más deprisa que mi habla, con lo cual, a medida que yo iba hablando, mi ojo ya estaba mucho más adelantado en el texto, por lo que ya no me acordaba de lo que había visto anteriormente. Después, con el tiempo, aprendí que ir tapando los textos siguientes al que estás leyendo ayuda, pero hasta que aprendes esos “trucos” lo pasas mal.

 

«Finalmente, estudié la carrera que me había propuesto estudiar. No obstante, soy consciente de que muchas personas no han estudiado lo que hubieran querido y podido estudiar: han tenido que renunciar a sus sueños»

¿En qué más le afectaba la dislexia?

Si lees mal, escribes mal (yo hacía muchísimas faltas de ortografía), así que me preguntaba a mí misma: “¿Cómo se aprende a leer?» Y como me contestaba, «leyendo», pues me hacía un hartón de leer. Llegué a aborrecer los libros.

¿Qué decían sus padres?

Mi padre era profesor. Él también creía que superaría mis dificultades leyendo mucho. Años más tarde, llegó a pedirme perdón por todas esas horas de lectura, a pesar de que, al igual que mi madre, nunca me exigió más de lo que yo podía hacer. Afortunadamente, siempre me sentí apoyada y reforzada por ambos. Nunca tiraron la toalla.

¿Y sus compañeros de clase?

En ese sentido, no tuve problemas porque era una niña muy abierta. Suplía mis déficits con mi actitud.

¿Cómo le diagnosticaron la dislexia?

Fue por casualidad. Mi madre tenía la costumbre de escuchar la radio mientras preparaba la cena. Una noche, entrevistaron a Joëlle Guitart y mis padres reconocieron los síntomas que ella iba detallando. Al día siguiente llamaron al centro.

Un centro más a añadir a la extensa lista de su peregrinaje…

Al haber pasado ya por varios centros, al principio, sí tuve la sensación de que iba a uno más. Sin embargo, al empezar la terapia con más gente, me di cuenta de que esas personas estaban como yo, que les pasaba lo mismo que a mí. Después, también me di cuenta de que otras personas que habían estado como yo estaba en ese momento, ya no lo estaban: habían mejorado muchísimo. Todo eso hace que, de pronto, hacer un dictado en el centro no sea lo mismo que hacerlo en clase: ya no es un trauma. No tienes la sensación de estar trabajando, de que te estén examinando. Día a día vas viendo tus propios progresos y le encuentras un sentido a la terapia, a ir allí cada semana.

Usted era ambidiestra

Si, de manos y pies, porque no estaba bien lateralizada. Durante cinco años trabajamos el trastorno de lateralidad hasta mi curación, que incluyó la dislexia como síntoma del trastorno.

Entonces, ¿pudo seguir sus estudios? ¿Fue a la universidad?

Yo siempre quise ser fisioterapeuta, pero no quería hacer el BUP y el COU. Hice otro recorrido para poder llegar a la universidad: estudié auxiliar de clínica, técnico en radiodiagnóstico y, finalmente, estudié la carrera que me había propuesto estudiar. No obstante, soy consciente de que muchas personas no han estudiado lo que hubieran querido y podido estudiar: han tenido que renunciar a sus sueños.

 

«Un profesor, al enterarse de mi dislexia, me dijo: «Si fueras disléxica, no estarías aquí». Él daba por sentado que una persona disléxica está incapacitada para los estudios. Otra reacción habitual, sobre todo, en algunos padres, es negar el problema»

¿Por qué razón hizo ese recorrido alternativo, si ya estaba curada?

Bueno, corriges la lateralidad, pero hay un escalón que te has tenido que saltar y que queda mal puesto. El proceso no se recorre igual. Hoy en día, todavía sigue sin gustarme tener que leer en voz alta, no porque no pueda, sino porque se hacen presentes todos esos años de trauma y te pones nervioso.

¿Cómo fue su experiencia en la universidad?

Fue muy satisfactorio estudiar la carrera que deseaba estudiar. Además, de alguna forma, se lo debía a mis padres y también a mí, por todas las dificultades que habíamos superado juntos. Aunque reconozco que no siempre fue fácil: Farmacología fue la cruz de la carrera, por los nombres largos y extraños, que me sonaban como si fueran de otro idioma (siempre me ha costado estudiar otras lenguas). Y todavía recuerdo el comentario que me hizo una vez un profesor.

¿?

Escogí Psicomotricidad como materia optativa y un profesor, al enterarse de mi dislexia, me dijo: «Si fueras disléxica, no estarías aquí». Él daba por sentado que una persona disléxica está incapacitada para los estudios. Otra reacción habitual, sobre todo, en algunos padres, es negar el problema. Mi padre, al ser profesor, vivió esa experiencia con relativa frecuencia.

Explíquemelo

Él era profesor de FP (Formación Profesional). Cuando detectaba los síntomas de dislexia en algún alumno, hablaba con los padres para que pudieran ayudarle. A menudo, se daba cuenta de que los padres no querían saber, su respuesta era «Mi hijo no es raro». Había una negación.

Su hijo Pau tiene trastorno de lateralidad

Sí. Desde hace unos meses, está recibiendo tratamiento en el centro.

Pero usted tuvo a su hijo una vez ya estaba curada

Así es. El trastorno de lateralidad es hereditario, pero una vez se cura, ya no hay regresión y tampoco se transmite. De hecho, puedo decir que yo misma pude comprobar que con el tratamiento me había lateralizado correctamente: antes de la terapia, al ser ambidiestra, a menudo escribía con la izquierda. Hace unos años, tuve un pequeño accidente y estuve nueve meses con la mano derecha escayolada. Al intentar escribir con la izquierda, vi que ya no podía. No hubo forma.

Entonces, ¿cómo es que Pau tiene trastorno de lateralidad?

Cuando empecé a observar en Pau algunos síntomas que yo había tenido de pequeña, mi marido y yo lo llevamos al centro para que le hicieran el test de lateralidad. En la primera entrevista, Joëlle Guitart, la directora del centro, ya pudo observar algunos síntomas del trastorno de lateralidad en él y nos los comentó a mi marido y a mí. Mi marido se reconoció en la descripción que ella estaba haciendo de Pau. Posteriormente, el test confirmó que él tiene el trastorno, por lo que Pau lo ha heredado de su padre. Pero aquí, aunque en un primer momento cueste un poco encajar el diagnóstico, no hay culpables. En casa, hemos conseguido desdramatizarlo e incluso, a veces, hacemos algún comentario poniéndole mucho humor.

En las próximas entrevistas hablaremos de ello. ¿Quiere añadir algo más sobre su propia experiencia con la dislexia o el tratamiento?

El trastorno de lateralidad sigue siendo un trastorno poco conocido. Es fundamental que se hable más de él, que los profesores tengan la información necesaria para detectarlo en las escuelas y que los padres no se avergüencen de sus hijos si estos tienen dificultades como consecuencia del trastorno. Actualmente, ir al psicólogo ya no se considera algo que haya que esconder; sin embargo, sigue habiendo un cierto tabú con el trastorno de lateralidad. Yo tuve mucha suerte al, casi por azar, llegar al centro, y también por tener unos padres que me apoyaron en todo momento. Mi carácter también me ayudó: siempre he sido muy constante con lo que me he propuesto. Pero muchas personas con trastorno de lateralidad no tienen las mismas condiciones.