En España, un 10 % de la población, aproximadamente, tiene problemas de dislexia.  Este síndrome (no es una enfermedad, sino un conjunto de síntomas) afecta tanto a mujeres como a hombres, aunque la prevalencia entre varones es más alta. A menudo, las personas con dislexia no son diagnosticadas o el diagnóstico que reciben no es correcto, lo que provoca que los afectados, y también sus familias, vean sus vidas trastocadas.

Un factor determinante en la falta de diagnóstico o en el diagnóstico erróneo es la discrepancia en la etiología (causa) de la dislexia. Hay profesionales que piensan que el síndrome se debe a que el hemisferio cerebral derecho de las personas afectadas es mayor que el hemisferio izquierdo. Otros terapeutas creen que la causa es completamente emocional. Y hay especialistas, como el neurólogo H. Wintrebert y el neuropsiquiatra J. de Ajuriaguerra, que afirman que la dislexia es producto de una lateralidad mal establecida; es decir, de una lateralidad heterogénea, cruzada o contrariada.

Voy a clase, pero no entiendo lo que me dicen ni lo que leo. Tengo que leer cinco o seis veces un enunciado para entender lo que he leído. Pienso que soy tonto, pero sé que no lo soy

Joëlle Guitart, fundadora del Centro de Lateralidad y Psicomotricidad de Barcelona, es de la misma opinión que Wintrebert y Ajuriaguerra: “Así lo hemos constatado al tratar durante cuatro décadas a cientos de pacientes con dislexia. Del mismo modo que, a diferencia de otros colegas, podemos decir que la dislexia en adultos sí se puede tratar. Sin duda, las personas disléxicas sufren muchos problemas emocionales, pero, en nuestra experiencia, los problemas emocionales son una consecuencia de la dislexia, de las situaciones que vive el paciente”, afirma.

Las personas con dislexia tienen dificultades de orientación espacial y de organización temporal; es decir, confunden las nociones de “arriba, “abajo”, “derecha” e “izquierda”, y de “ahora”, “antes” y “después”. Asimismo, presentan una gran dificultad lectora. ¿Qué consecuencias tiene para un niño o para un adolescente vivir con estos obstáculos cuando la lectura es la base de los estudios? Vamos a verlo a través de un caso real: el caso de un adolescente al que llamaremos César, que ha seguido la terapia de lateralidad con la especialista y directora de nuestro centro, Joëlle Guitart.

La dislexia y la lateralidad, a través de un caso práctico

César llegó a la consulta con 15 años. En la primera entrevista que tuvo con la terapeuta pronunció una frase que, sin saberlo, resume, en mayor o menor medida, la situación que experimenta todo niño disléxico: “Voy a clase, pero no entiendo lo que me dicen ni lo que leo. Tengo que leer cinco o seis veces un enunciado para entender lo que he leído. Pienso que soy tonto, pero sé que no lo soy”.

César no exageró. Los niños con dislexia invierten letras y números al escribirlos (suelen hacerlo “en espejo”), confunden números de grafía similar, como el 2 y el 5; se saltan sílabas cuando escriben y cuando leen, empiezan a leer una palabra y la terminan “inventándose” el resto; en los dictados, omiten palabras e, incluso, frases enteras. Por esto muestran un desinterés total por la lectura. A menudo, tienen también muchas dificultades en asignaturas como las matemáticas: no por problemas de comprensión, sino porque no entienden los enunciados de las preguntas. Y, generalmente, son inquietos, ansiosos, dispersos, lentos y les cuesta mucho concentrarse. En ocasiones, según la edad y el grado de dislexia, los padres se ven “obligados” a ayudarles excesivamente con los deberes, repitiéndoles una y otra vez los enunciados.

El tratamiento, no cura la dislexia por completo, pero la va resolviendo, como mínimo, en un 80 %. A los pacientes les cambia la vida, la recuperan

Nos estamos refiriendo a niños con un cociente intelectual normal e incluso alto o muy alto, a niños que, pese a ello, tienen un rendimiento escolar muy inferior a sus capacidades intelectuales. Por esta razón, repiten curso, se les aconseja el ACI (Adaptación Curricular Individualizada) o se les cambia de colegio, y, posteriormente, los orientan hacia estudios que, generalmente, no son los que ellos quisieran cursar. Y, finalmente, ven truncadas sus expectativas de ir a la universidad.

Todo lo expuesto provoca problemas de diferente índole. Al no seguir el ritmo que marcan los profesores y que sí siguen los otros niños, suelen tener problemas de integración escolar. Con frecuencia, les riñen en clase en lugar de comprender su situación y estimularles, y son rechazados por los compañeros. El niño disléxico es el niño que está solo en el patio. Por todos estos motivos, el problema llega a convertirse, también , en un problema emocional: el niño se infravalora y pierde su autoestima. César, como muchos otros niños, dejó de querer ir a la escuela.

La dislexia y la lateralidad, a través de un caso real

Los padres, como es lógico, experimentan, a su vez, mucho sufrimiento e impotencia. Las evaluaciones e informes escolares, las de los diferentes tipos de terapeutas por los que pasan los niños y las dificultades que perciben en sus hijos les hacen pensar que, quizá, tienen un cociente intelectual por debajo del normal. Es fundamental evitar todo este sufrimiento realizando un test de lateralidad, el cual indicará si el niño tiene o no dislexia. Y en el caso de que así sea, iniciar cuanto antes la terapia. “El tratamiento, no cura la dislexia por completo, pero la va resolviendo, como mínimo, en un 80 %. A los pacientes les cambia la vida, la recuperan”, afirma J.G. Baudot. “En general, no solo hay dislexia, estos niños suelen presentar un retraso motor y falta de integración social”, prosigue la especialista. “Mediante ejercicios que el niño percibe como juegos, le vamos lateralizando adecuadamente, homolateralmente, y tratando, simultáneamente estos otros aspectos”.

El bloqueo y la inhibición son síntomas comunes a todas las personas con dislexia: se bloquean debido a la inseguridad y a la presión a la que se sienten sometidos

Al iniciar la terapia, César presentaba todas las dificultades descritas. Tuvo que renunciar a su deseo de estudiar el Bachillerato e ir después a la universidad. Era incapaz de tomar apuntes a la velocidad requerida y no podía hacer esquemas. Como todos los niños con dislexia, mostraba una buena memoria visual y auditiva; es decir, podía repetir lo que el profesor había dicho en una clase, pero no podía leer un libro sobre la materia ni escribir sobre ella, y también era evidente su falta de concentración. Inició la Formación Profesional y empezó a trabajar algunas horas a la semana como camarero en un bar. Sin embargo, el trabajo requería tomar por escrito las comandas, así como cierta agilidad y rapidez. Se le caían las cosas y, aunque intentaba recordar lo que le habían pedido, el bloqueo se lo impedía. Tuvo que dejar el trabajo.

A menudo, cuando explicaba algo que había hecho o que tenía planificado hacer, confundía el pasado con el futuro. Decía, por ejemplo, “Ayer fui a casa de mi abuela” cuando, en realidad, lo que quería expresar es que iría a la semana siguiente (la noción de temporalidad es la última adquisición del desarrollo psicomotor, y requiere de mucha abstracción). También se bloqueaba con frecuencia. El bloqueo y la inhibición son síntomas comunes a todas las personas con dislexia: se bloquean debido a la inseguridad y a la presión a la que se sienten sometidos.

Dislexia y trastorno de lateralidad

César terminó la terapia el pasado mes de junio, habiéndose recuperado de la dislexia casi por completo (ninguna persona es homolateral al 100 %). Sus padres, desde entonces, se han puesto en contacto con Joëlle Guitart en varias ocasiones para informarla sobre su estado:  enseguida encontró un trabajo que le gusta como marmolista y lo desempeña bien (ahora puede seguir las consignas de un jefe).

Hace unos días, fue el propio César el que llamó a la terapeuta porque tenía un problema. Tras finalizar la terapia, decidió sacarse el carnet de conducir. Había aprobado el examen práctico, pero había suspendido el teórico: se quedó bloqueado durante la prueba. César relató el episodio sin mostrar angustia. Muy al contrario, manifestó que podía leer sin dificultad y que cada vez se sentía más optimista. “Ahora tengo una mirada con vida”, dijo. Simplemente, era consciente de que la situación le había podido. Quería hacer unas sesiones más de terapia para trabajar este punto. Sin duda, el hecho de que César tomara la iniciativa de llamar directamente a la terapeuta es una muestra más de su recuperación. Estaba afrontando la situación sin ansiedad, sin infravalorarse y pidiendo ayuda. Y es que una vez curado el trastorno de lateralidad, no se producen regresiones; pero la persona, como cualquier otra sin dislexia, sí puede experimentar que se inhibe su respuesta ante una situación que supone una presión psicológica.