• Su padre es el escritor japonés y Premio Nobel Kenzaburo Oé

• Su madre, en contra de las opiniones médicas, decidió que fuera operado de la hidrocefalia con la que nació, a pesar de los graves riesgos que comportaba la intervención

Hay vidas que son un ejemplo de vida, historias fascinantes que lo son porque están protagonizadas por personas excepcionales. Esta es una de ellas: la de Hikari Oé, un niño autista que hoy es un gran compositor gracias a la perseverancia de sus padres y de una profesora de música, y a que todos ellos supieron vislumbrar en él lo que parecía impensable. Pero antes de contaros su historia, que está repleta de hechos singulares, os explicamos cómo llegamos a ella, porque todo está relacionado, como si fuera el hilo de Ariadna.

El otro día, el diario El País publicó el vídeo de la charla Por qué es tan importante cómo miras a tu hijo que dio el escritor Álex Rovira. En su intervención, Rovira explica que si en la escuela y en casa cada niño recibiera la mirada apreciativa que da alas, esa mirada haría que cada uno de ellos llegue a ser lo que es capaz de ser, porque no somos conscientes de hasta qué punto nuestra mirada, nuestra forma de relacionarnos con los otros sin prejuicios, condiciona las posibilidades de realización del otro. Al final del vídeo, para ilustrar sus propias palabras, el escritor pone el ejemplo de Hikari Oé explicando brevemente su historia. Nos pusimos a buscar en Internet porque queríamos saber más y aquí está el resumen de lo que hemos encontrado.

En 1962, Yukari Itami, la mujer del escritor japonés Kenzaburo Oé, se quedó embarazada del que iba a ser el primer hijo de la pareja. El niño nació con hidrocefalia. Su única posibilidad de supervivencia pasaba por practicarle una intervención que los propios médicos desaconsejaron, ya que la operación implicaba seccionar una parte de su cerebro, lo que le causaría daños severos e irreversibles. Kenzaburo era de la misma opinión que los médicos, pero la madre no: afirmó que prefería suicidarse antes que perder a su hijo. Fue entonces cuando el escritor vivió una experiencia que le hizo cambiar de opinión: se fue a Hiroshima para escribir un artículo sobre los médicos que trataban a las víctimas de la radiación y allí fue consciente de cómo estas personas eran capaces de superar el dolor y la adversidad para seguir viviendo. Operaron a Hikari y el niño sobrevivió a la intervención, pero con graves secuelas permanentes: epilepsia, problemas importantes de visión y motricidad, y autismo. El niño no hablaba, no se comunicaba de ninguna forma y apenas se movía. “Era como una flor preciosa”, decían sus padres.

Un día, la madre se percató de que Hikari mostraba alguna respuesta cuando oía cantar a los pájaros, así que le compraron un disco en el que se catalogaba el trino de unas 70 aves diferentes. Un tiempo después, Hikari pronunció su primera palabra: fue en un parque, al oír el canto de un pájaro. Dijo el nombre del pájaro. Había memorizado e identificado todos los sonidos del disco. Sus padres se dieron cuenta de que también identificaba composiciones musicales, así que buscaron una profesora de música para su hijo. Y aquí es donde aparece otra persona que también resulta ser clave en esta historia: la profesora Tamura. Primero le enseñó melodías sencillas que él pudiera repetir con un dedo en el piano, pero pronto se dio cuenta de que Hikari aprendía muy rápido, por lo que decidió dejar de dar clase a sus otros alumnos para concentrase en el trabajo que estaba haciendo con él. Hikari aprendió solfeo y notación musical, y a tocar el piano. Y empezó a componer sus propias piezas musicales.

Sin duda, esta historia es también una historia de dolor: solo hay que leer las obras del padre (ganó el Premio Nobel en 1994). En 1964, en el libro Una cuestión personal, Kenzaburo Oé escribió: “Si quiero enfrentar mi responsabilidad, solo tengo dos caminos: o le estrangulo con mis propias manos o lo acepto y lo crío. Lo sé desde el principio, pero no he tenido valor para aceptarlo…”. No obstante, también es una historia de amor y superación que ilustra perfectamente el hecho de que la mirada apreciativa de los otros tiene una capacidad transformadora inimaginable: es capaz de extraer lo mejor de cada uno de nosotros, todo nuestro potencial.

Si queréis profundizar en los detalles de la vida de los protagonistas os recomendamos leer el relato de Juan Forn en Página 12, relato en el que nos hemos basado nosotros. También es interesante leer el artículo Miles de personas descubren la historia del Nobel Kenzaburo Oé gracias a Twitter que publico Verne hace unos meses.