Carla es una niña de ocho años que empezó la terapia de lateralidad en nuestro centro hace un año y nueve meses. Su caso es un claro ejemplo de hasta qué punto una dinámica familiar compleja afecta, agravándolo, el trastorno de lateralidad; motivo por el que el tratamiento, en estos casos, requiere incluir no solo el trabajo neurofisiológico con el paciente, sino hacer una intervención psicoterapéutica que ayude a resolver sus conflictos emocionales y los de sus progenitores. “Tratar a un paciente con lateralidad cruzada siempre implica tomar en consideración muchos más aspectos que los relacionados estrictamente con el trastorno neurofisiológico: las condiciones del entorno en el que la persona se está desarrollando también son determinantes. Si hay problemas no resueltos en la relación de pareja de los padres, este malestar contribuirá a aumentar los síntomas y obstaculizará la curación”, explica la directora de nuestro centro, Joëlle Guitart.

Cuando Carla llegó a la consulta por primera vez, tenía seis años y cuatro meses. El test mostró que era hipertónica de miembros superiores e inferiores, que tenía tres cruces de lateralidad y una retención neurofisiológica del 36 %. Es decir, el trastorno provocaba que solo dispusiera del 64 % de sus capacidades potenciales, a pesar de tener un buen cociente intelectual. No obstante, esta retención neurofisiológica no bastaba para explicar todas sus dificultades de aprendizaje, ni su sintomatología emocional.

Sintomatología

 

·         Con seis años, Carla todavía no había aprendido a leer ni a escribir y mostraba un rechazo absoluto hacia las letras: de hecho, no las reconocía.

·         Había tenido encopresis hasta los cinco años (evacuación fecal repetida e involuntaria en lugares inapropiados).

·         Tuvo enuresis hasta los seis (incontinencia urinaria).

·         Era una niña a la que le aburría absolutamente todo lo relacionado con la escuela porque estaba desconectada del ritmo de su clase: había un retraso de aprendizaje de unos dos años, aproximadamente, respecto a sus compañeros.

·         No tenía adquirida la noción de temporalidad (pasado, presente y futuro) ni del tiempo (las horas).

·         Le costaba muchísimo razonar (razonamiento lógico), aunque no tenía muchas dificultades con la parte mecánica de las matemáticas.

·       No podía soportar los sonidos agudos, estaba irascible, con una gran ansiedad y necesitaba cambiar continuamente de actividad.

·        Cada noche se iba a la cama de sus padres porque quería dormir con su papá (la madre se veía obligada a acostarse en la cama de la niña).

·         Cuando, durante el test, hizo el dibujo del esquema corporal, omitió la mano derecha y la mano y el brazo izquierdos.

·         Rechazaba rotundamente seguir cualquier regla o norma.

·         Aunque no sufría el rechazo de los otros niños, ella misma se aislaba: no quería relacionarse con ellos.

·         Mostraba una atracción poco común hacia las calaveras, los fantasmas y la oscuridad.

 

Sin embargo, la paciente mostraba una gran sensibilidad emocional y sensitiva, además de ser muy intuitiva. De hecho, era consciente de que algo no iba bien: en una ocasión, le dijo a su madre: “Me siento diferente a los demás niños”.

Lo único que despertaba el interés de Carla era la música: sus aptitudes para el canto y el baile eran evidentes.

Dinámica familiar

La lateralidad cruzada y la dinámica familiar: el caso de Carla

En la anámnesis con los padres, su motivo de consulta fue muy concreto: querían saber si la niña lograría aprender a leer y a escribir. Además, estaban preocupados porque Carla había hecho una terapia de lateralidad durante ocho meses con un psicólogo de otro centro sin que se apreciara ningún progreso.

No obstante, esta primera entrevista con los padres también puso de manifiesto que la pareja tenía conflictos importantes no resueltos: su concepto de relación sentimental y de familia divergía, lo cual provocaba que, aunque aparentemente todo fuera bien entre ellos, en realidad no hubiera una auténtica relación de pareja. En lugar de hablar y afrontar sus desavenencias, habían trasladado y centrado la angustia en los problemas de su hija, como si el bienestar familiar dependiera exclusivamente de resolver los problemas relacionados con la lateralidad de la niña.

Aunque por motivos de confidencialidad no podemos entrar en detalles, Carla era muy consciente de la situación y estaba acusando la inestabilidad y la inseguridad del entorno familiar: un niño necesita sentirse protegido y seguro para desarrollar un yo saludable. Por otro lado, Carla también era consciente del poder que le habían otorgado sus padres en el equilibrio familiar, lo cual había exacerbado su ego.

“Con todos los pacientes de lateralidad es fundamental trabajar en paralelo el aspecto corporal, el mental y el emocional, pero en los casos como el de Carla hay que prestar especial atención a la dinámica familiar en la que está inmerso el paciente: ahí es donde están las claves que explican que los síntomas del trastorno se hayan agudizado. Si no solucionamos esos conflictos, el trabajo neurofisiológico no dará los resultados esperados”, puntualiza Joëlle Guitart.

Evolución

 

Durante este año y nueve meses de tratamiento, hemos trabajado con Carla los diferentes ítems de la lateralidad (se la está lateralizando a la derecha) haciendo hincapié en la organización perceptiva, la percepción espaciotemporal, la coordinación locomotora, la respiración y la relajación. Desde hace 5 meses muestra un gran progreso en la lectura y ya ha empezado a escribir, evolucionando muy rápido en este aprendizaje. Su tutora, que es su maestra desde hace dos años en el colegio, nos ha informado de que además de estos avances, ha mejorado notablemente su relación con ella (antes de iniciar la terapia, no lograba establecer comunicación con Carla), que está menos irascible y que la niña empieza a tener amigos en la escuela. Esta evolución no hubiera sido posible si durante este tiempo no hubiéramos hecho también una intervención psicoterapéutica con los padres que les está ayudando a resolver individualmente y como pareja los aspectos emocionales que no habían afrontado.

Hace poco, Carla pidió aumentar el número de sesiones de terapia: en lugar de venir un día a la semana, quería hacerlo dos. Mencionamos este aspecto porque es una petición que hacen algunos pacientes al constatar su progreso en los diferentes ámbitos de su vida. Hay que señalar que, aunque esta petición es en sí misma un buen síntoma, la evolución no es más rápida si se aumentan las sesiones: la terapia de lateralidad es una terapia larga porque el cerebro necesita un tiempo para ir asimilando los nuevos aprendizajes neurofisiológicos que se van adquiriendo cuando hay una lateralidad cruzada. A Carla le queda un año de tratamiento para llegar a curarse, al menos, en un 95 %, pero lo importante es que todos los test de control que realizamos cada cinco meses están dando los resultados esperados en cada fase.