Lisa Feldman Barret es neurocientífica, catedrática de Psicología por la Northeastern University (Massachusetts), miembro electo de la Royal Society of Canada y ha recibido el premio NIH Director’s Pionner por su investigación pionera sobre las emociones y el cerebro, además de colaborar, por ejemplo, con la Escuela de Medicina de Harvard. Conviene hacer esta presentación antes de hablar de su libro La vida secreta del cerebro porque con la teoría que desarrolla en él cuestiona todo lo que hasta ahora dábamos por sentado sobre la construcción de las emociones; es decir, afirma que la teoría clásica es incorrecta y presenta una teoría revolucionaria que representa un nuevo paradigma sobre la mente humana.

 

Qué dice la teoría clásica 

Grosso modo, la teoría clásica sobre las emociones afirma que estas son producto de la evolución debido a que se mostraron útiles para nuestra supervivencia, que las llevamos incorporadas desde que nacemos, que son definidas y reconocibles, que se alojan en diferentes partes del cerebro, que son universales y que se desencadenan de manera automática cuando algo las activa. Las manifestamos con el rostro, la voz y la postura corporal, y provocan cambios físicos en nuestro organismo: aceleración de la respiración y el corazón, activación de las glándulas sudoríparas, etc. Según la teoría hasta ahora aceptada, tenemos muchos circuitos emocionales en el cerebro y cada uno de ellos provoca un conjunto característico de cambios, como si fuera una huella dactilar. En otras palabras, se cree que los sucesos pueden activar las neuronas de la alegría, las neuronas del miedo, etc., y que dado que identificamos y experimentamos estas emociones, a cada una de ellas le debe corresponder una pauta subyacente concreta en el cerebro y en el cuerpo.

 

‘La vida secreta del cerebro’

 

Lisa Feldman Barret asegura que no hay ninguna prueba científica de que estas supuestas huellas dactilares físicas sean constantes, ni para una sola emoción (hay muchos experimentos que concluyen que sí, de la misma manera que hay otros muchos que concluyen que no); que las emociones nos son universales y que las creamos nosotros; es decir, que se construyen socialmente. Por este motivo ha denominado a su teoría “La teoría de la emoción construida”: “Vemos que las emociones no son monolíticas, sino que están hechas de componentes más básicos; que en lugar de ser universales varían de una cultura a otra; que no son provocadas, sino que las creamos nosotros; que surgen de una combinación entre las propiedades físicas del cuerpo, un cerebro flexible cuyas conexiones reflejan el entorno en el que se desarrolla, y la cultura y la educación que ofrecen ese entorno. Las emociones son reales, pero no en el mismo sentido objetivo que las moléculas o las neuronas. Son reales en el sentido en que lo es el dinero, es decir, no son una ilusión, pero sí un producto del consenso humano. Esta visión, a la que llamo «teoría de la emoción construida», ofrece una interpretación muy diferente”, explica la especialista en su libro.

 

Implicaciones

Lisa Feldman Barret es muy consciente de que su teoría parece ilógica porque, de hecho, experimentamos las emociones como si respondieran a la teoría clásica, pero alerta sobre las implicaciones de nuestras creencias al respecto. Veamos algunos de los ejemplos que ella misma ofrece en el libro:

  1. Pensemos en la última vez que hemos pasado por la seguridad de un aeropuerto: unos agentes taciturnos pasan nuestros zapatos por rayos X y evalúan la probabilidad de que supongamos una amenaza terrorista. No hace mucho, un programa de formación llamado SPOT (siglas en inglés de «comprobación de pasajeros mediante técnicas de observación») enseñaba a esos agentes a detectar engaños y evaluar riesgos basándose en movimientos faciales y corporales, partiendo de la teoría de que estos movimientos revelan nuestros sentimientos más íntimos. El programa no funcionó, pero costó novecientos millones de dólares a los contribuyentes. Debemos entender la emoción de una manera científica para que los agentes del gobierno no nos detengan —o no pasen por alto a quienes supongan una amenaza— basándose en una visión errónea de las emociones.
  2. Imaginemos ahora que una persona se halla en la consulta de un médico diciendo que siente una opresión en el pecho y que le cuesta respirar; síntomas que pueden indicar un infarto de miocardio. Si la persona es una mujer, lo más probable es que se le diagnostique ansiedad y se la envíe a casa, mientras que si es un varón es más probable que se le diagnostique una cardiopatía y se le aconseje un tratamiento preventivo. Como consecuencia, las mujeres de más de sesenta y cinco años fallecen por infarto con más frecuencia que los varones. Las percepciones de los médicos, del personal de enfermería y de los mismos pacientes reflejan las creencias de la visión clásica de que emociones como la ansiedad se pueden detectar y de que las mujeres son intrínsecamente más sensibles a las emociones que los varones… Unas creencias que pueden tener consecuencias mortales.
  3. La creencia en la visión clásica incluso puede «provocar» guerras. La guerra del Golfo en Irak se debió, en parte, a que el hermanastro de Sadam Huseín creyó que podía «leer» las emociones de los negociadores estadounidenses y dijo a Sadam que Estados Unidos no hablaba en serio al decir que atacaría. La posterior guerra acabó con la vida de 175.000 iraquíes y de centenares de militares de la coalición.

En este enlace podéis leer el primer capítulo de ‘La vida secreta del cerebro‘  (la autora utiliza un ejemplo como hilo conductor que es muy esclarecedor y que hemos omitido para no extendernos demasiado en este artículo).