A muchas personas las reuniones familiares de Navidad les producen angustia porque temen que en las conversaciones se saque algún tema conflictivo que haga estallar por los aires la armonía en la que deberían transcurrir estas fiestas.

Para evitar los conflictos, lo ideal sería que los adultos hiciéramos prevalecer el objetivo de estos encuentros: disfrutar de un tiempo compartido del que podamos guardar, posteriormente, un buen recuerdo. Deberíamos ser conscientes de que estas fechas son muy emotivas para todos, por lo que conviene ser muy cautos a la hora de expresar opiniones que puedan herir sensibilidades. Además, como adultos, no deberíamos olvidar que la presencia de niños es motivo suficiente para evitar iniciar cualquier discusión que se nos pueda ir de las manos. Pero, ¿y si, pese a todo, surge un tema delicado? ¿Cómo debemos manejar la conversación para que no se convierta en un polvorín?

 

Recomendaciones de una especialista en la materia

 

Julia Dhar es una estratega de negocios que trabaja formando a empresarios y responsables de agencias gubernamentales para que aprendan a discutir temas peliagudos y puedan levantarse de las mesas de negociación con acuerdos productivos. Sus enseñanzas son aplicables a cualquier ámbito de la vida, no solo al laboral, porque, en el fondo, siempre se trata de lo mismo: un tema controvertido pone de manifiesto opiniones encontradas.

Los 4 principios a seguir cuando discutimos sobre temas controvertidos (también en Navidad)_centro de lateralidad y psicomotricidad Joëlle Guitart

 

Lo que no debemos hacer y lo que sí:

 

Como ella misma explica en la conferencia del vídeo de abajo, a menudo parece que en lo único en lo que podemos estar de acuerdo es en que no podemos estar de acuerdo en nada. Debatimos para encontrar una conexión, un punto en común, y terminamos sintiéndonos enfadados porque el desprecio se apodera del debate. Esto ocurre porque cometemos un gran error: en lugar de delimitar la discusión al tema del que estamos hablando, empezamos a atacar a la persona que está exponiendo sus argumentos. Es decir, abandonamos el terreno de las ideas en sí mismas y trasladamos la discusión a lo personal. Cuando confundimos el desafío de una idea con desafiar al otro, es cuando abrimos la puerta a las ofensas.

Julia Dhar explica que los mejores negociadores con los que ha trabajado adoptan una actitud muy distinta. Estos son los 4 principios por los que se rigen:

1. Su primer objetivo es encontrar un terreno común, los puntos en los que se puede estar de acuerdo, porque esta es la única manera de poder avanzar después en la conversación. Este terreno común es lo que los psicólogos llamamos «realidad compartida».

2. Una vez se ha establecido esta realidad compartida, la segunda clave es separar completamente las ideas que se discuten (por muy polarizadas que estén) de la identidad del otro: hay que centrar la discusión exclusivamente en las ideas, no en la forma de ser de nuestro interlocutor. Jamás debemos atacar la forma de ser del otro porque esto es irrelevante para lo que se está argumentando. De hecho, esta especialista, cuando trabaja con equipos en la discusión de ideas, hace que los participantes envíen sus propuestas de forma anónima para que los demás no las descarten o admitan en función de los prejuicios que puedan tener sobre los otros.

 

 

3. El tercer punto es que la conversación debe avanzar refutando ideas: el otro expone algo, yo contesto y el otro responde con otro argumento. Sin refutación lo único que hay son dos personas que van pontificando.

4. El cuarto principio es lo que ella denomina «la humildad de la incertidumbre»: consiste en ser capaz de escuchar al otro asumiendo previamente la posibilidad de que nosotros estemos equivocados en nuestro punto de vista; es decir, abrir la mente. Y esta actitud debe permanecer en todo el debate, desde su inicio, ya que la causa que nos impide discrepar productivamente suele ser que estamos demasiado apegados a nuestras ideas.

Si conseguimos hacer el ejercicio de argumentar a favor y en contra de algo, veremos que se producen cambios en nuestro interruptor cognitivo: nuestros prejuicios sobre los que opinan diferente a nosotros pueden empezar a evaporarse y situarnos en una posición que nos permita tomar mejores decisiones. El neurocientífico y psicólogo Marl Leary llevó a cabo un estudio sobre la humildad intelectual y los resultados fueron concluyentes: las personas que aprenden a practicar este ejercicio ―es un habilidad y, como toda habilidad, hay que entrenarla― aumentan su capacidad para evaluar un amplio rango de evidencias, son más objetivos al hacerlo y se vuelven menos defensivos y reactivos al enfrentarse con argumentos contrarios a sus ideas.

Sin duda, esta es la forma de debatir que quisiéramos que adoptaran los políticos, los tertulianos de la radio y la televisión, nuestros jefes y compañeros de trabajo, los usuarios de las redes sociales y nuestros amigos y familiares. ¡Empecemos nosotros!