Hasta hace unos diez años, los investigadores pensaban que el olvido se debía a un problema de memoria y, de hecho, el foco de las investigaciones en este campo se había puesto casi exclusivamente en la memoria, no en el olvido. Sin embargo, las últimas investigaciones indican que no es así: el olvido es una capacidad activa del cerebro que resulta crucial para su buen funcionamiento, según se explica en el último monográfico de la revista Nature dedicado por completo al cerebro: Nature Outlook: The Brain.

Hasta cierto punto, resulta lógico que los estudios sobre el olvido se hayan centrado en la memoria, en entender cómo se forman los recuerdos y cómo el cerebro consigue recuperarlos en el transcurso del tiempo. Al fin y al cabo, los recuerdos conforman nuestro yo y son esenciales para nuestra comprensión del mundo y para predecir situaciones. Y también parece lógico que pensaran que olvidar pudiera consistir en un proceso pasivo del cerebro por el que los recuerdos no utilizados se van desdibujando.

Esta creencia ha permanecido así hasta que varios estudios en los que, precisamente, se investigaba la memoria han dado resultados que contradicen esta suposición: parece ser que para entender cómo recordamos, hay que entender cómo y por qué olvidamos. Y que el cerebro está hecho para olvidar. Resumimos las ideas principales de estos hallazgos.

El olvido es un mecanismo activo del cerebro

Olvidar no consiste en que se vayan desdibujando los recuerdos debido al paso del tiempo; es decir no es un proceso pasivo del cerebro: ya hay evidencias que indican que se trata de un mecanismo que está permanentemente activo en el cerebro, como si el estado estándar del cerebro no fuera recordar, sino olvidar.

Cómo se almacenan los recuerdos de las experiencias personales

Los investigadores ya han concluido que los recuerdos autobiográficos, los que están relacionados con experiencias que hemos vivido personalmente, se almacenan en el hipocampo durante las horas y días posteriores a esas vivencias. Cuanto más recordamos un recuerdo, más sólido se torna en nuestra red neuronal. Si con el tiempo seguimos rememorándolo constantemente, la memoria de ese recuerdo se codifica tanto en el hipocampo como en la corteza cerebral y, finalmente, pasa a existir independientemente de la corteza, donde se guarda para el largo plazo.

Nuestro cerebro no olvida por tener problemas de memoria_Centro de Lateralidad y Psicomotricidad Joëlle Guitart

Las primeras evidencias de cómo funciona el olvido

En 2012, el neurocientífico Ron Davis descubrió evidencias del olvido activo cuando estaba estudiando la memoria con moscas de la fruta. En concreto, estaba investigando la influencia de las neuronas productoras de dopamina (un neurotransmisor) en el almacenamiento de los recuerdos olfativos y otros recuerdos sensoriales en estas moscas. Descubrió que la dopamina es un mensajero químico que juega un papel esencial en el olvido, ya que proporciona al cerebro la señal de «olvidar». Es más, este experto afirma que «El cerebro siempre está tratando de olvidar la información que ha aprendido».

Como hemos mencionado anteriormente, los recuerdos se codifican en el cerebro cuando se fortalecen las conexiones entre las neuronas. Esta fortaleza está determinada por la cantidad de receptores AMPA presentes en las sinapsis: es decir, para que la memoria permanezca intacta los AMPA debe mantenerse. Pues bien, otro investigador (Oliver Hardt, psicólogo cognitivo especializado en neurobiología de la memoria) descubrió que estos receptores no son estables y que en el cerebro existe un mecanismo dedicado que continuamente promueve su expresión en las sinapsis (pero como no son estables, algunos recuerdos se olvidan). Esto significa que, si se pudiera evitar la eliminación de los receptores AMPA, se podría evitar el olvido (y también significa que olvidar es una función de la memoria).

Olvidar es esencial para sobrevivir

Tal como explica Blake Richards, un investigador que estudia circuitos neuronales y aprendizaje automático en la Universidad de Toronto Scarboroug, «Nuestra capacidad para generalizar nuevas experiencias se debe, al menos en parte, al hecho de que nuestros cerebros participan en el olvido controlado». Su hipótesis es que la capacidad del cerebro para olvidar puede deberse al efecto conocido como «sobreajuste»: si recordáramos cada mínimo detalle de todo lo que vivimos, no podríamos extraer lo esencial, que es lo que nos permite evitar, por ejemplo, repetir reacciones en situaciones que entrañan un riesgo para nuestra integridad física (detalles como qué luz había, de qué color eran los zapatos que llevábamos y otros detalles irrelevantes en estas situaciones, acapararían toda nuestra atención y no podríamos reaccionar al peligro).

Llama la atención el hecho de que las personas que tienen una memoria autobiográfica muy superior a lo normal y que, por tanto, recuerdan cada detalle de sus vivencias, tienden a la obsesión y a no ser particularmente exitosas, según el artículo. Por el contrario, las personas que tienen una memoria autobiográfica deficiente suelen ser mejores en trabajos que requieren pensamiento abstracto (probablemente, porque no quedan atrapados en los detalles) y su capacidad para resolver problemas es mayor, aunque les cuesta proyectar situaciones futuras. Según el neurocientífico cognitivo Brian Levine, «Al no tener memoria episódica, tienen la capacidad de atravesar episodios».

Nuestro cerebro no olvida por tener problemas de memoria_Centro de Lateralidad y Psicomotricidad Joëlle Guitart

Entender cómo funciona el olvido podría significar un gran avance en el tratamiento de muchas enfermedades

Por otro lado, las investigaciones en personas sin memoria autobiográfica superior o inferior a lo normal han mostrado que cuanto más altos son los niveles en el hipocampo de un neurotransmisor inhibitorio denominado GABA más se produce el olvido. En otras palabras, se ha podido vincular el olvido exitoso con un neurotransmisor en particular del cerebro. Esta función crucial de los GABA en la supresión de pensamientos no deseados también tiene implicaciones en las fobias, la esquizofrenia y la depresión (los pensamientos obsesivos y la rumia se han relacionado con un hipocampo hiperactivo), y podría ayudar a tratar a las personas con estrés postraumático (TEPT) para que sus intensos recuerdos no sean tan intrusivos.

Estos hallazgos que explican cómo olvidamos también podrían llevar a avances significativos en los tratamientos para la ansiedad e incluso para el Alzheimer. De hecho, Hardt cree que esta última enfermedad se entiende mejor como un mal funcionamiento del olvido que como un mal funcionamiento de la memoria. Si partimos de la premisa que olvidar es un mecanismo innato, bien regulado y distinto, tiene sentido pensar que el Alzheimer podría ser un proceso de olvido hiperactivo y descontrolado que borra más de lo que debería.