La resiliencia es la capacidad para adaptarse a las adversidades y a las fuentes de tensión que nos producen estrés: problemas personales, familiares, laborales, económicos, traumas, etc. Es un hecho que, en nuestra sociedad, el estrés va en aumento. Cada vez nos enfrentamos a más estresores: escenarios políticos convulsos, horarios laborales que fagocitan la vida personal, aumento de presión en el trabajo, etc. Para intentar minimizar el estrés que estas situaciones nos provocan solemos reaccionar con 2 tipos de respuesta, ambas equivocadas, según los expertos, ya que son parches temporales e ineficaces:

1). Nos proponemos ser más resistentes ante el estrés. Es decir, confundimos la resiliencia con la resistencia. Nos enfocamos en ser capaces de soportar la situación.

2). Buscamos soluciones de tipo externo: cambiar de trabajo, contratar a una persona que nos ayude en las tareas domésticas, a un nuevo empleado que nos alivie la carga de trabajo en la oficina, etc.

Muchas personas no solo tienen horarios que dificultan o imposibilitan la conciliación de la vida laboral, personal y familiar: la presión a la que se ven sometidas provoca que el trabajo también invada las conversaciones durante la cena, su mente durante el poco tiempo de ocio que puedan tener y la calidad de sus horas de sueño. Además, el hecho de vivir hiperconectados (dispositivos electrónicos) tampoco favorece la desconexión de la continua actividad cognitiva. La adicción al trabajo no viene determinada exclusivamente por el horario laboral, también se produce cuando el trabajo invade de tal forma nuestra vida que termina afectando a las otras parcelas importantes de esta.

Según un artículo publicado en Harvard Business Review, la falta de periodos de recuperación es la que está frenando nuestra capacidad colectiva de ser resilientes. Los investigadores han hallado una correlación directa entre esa ausencia de periodos de recuperación y una mayor incidencia de problemas de salud (lo que, por cierto, también se traduce en pérdidas de productividad para las empresas y un alto coste económico, no solo personal y social).

Desde luego, podríamos entrar en un debate sobre los cambios (necesarios) que deberíamos introducir en nuestras sociedades para cambiar, mejorándolo, el modelo actual; sin embargo, ese debate no mejoraría nuestra resiliencia. Esa es otra cuestión. La resiliencia trata de nuestra capacidad para vivir mejor sea cual sea el escenario en el que nos encontremos. En ese sentido, el problema no son solo los problemas externos, que son reales, sino cómo cuidamos de nosotros mismos para minimizar su impacto en nuestro bienestar. Como se dice en el artículo que hemos citado, la resiliencia trata de cómo recargarnos, no de cómo soportar el estrés.

 

Qué podemos hacer para mejorar nuestra resiliencia

El primer punto importante a tener en cuenta es que la resiliencia no es una capacidad innata; es decir, no es algo que se tiene o no se tiene, sino que, afortunadamente, podemos aprender a desarrollarla. El objetivo es cambiar la forma en que manejamos el estrés y cultivar nuestra capacidad de recuperación, sabiendo que esto requiere de un aprendizaje continuo. Estas son algunas pautas que pueden ayudarnos:

1). Tener presente que no podemos evitar ni cambiar la mayoría de los acontecimientos que ocurren en el mundo, pero sí podemos cambiar la forma en que nos enfrentamos a esas circunstancias.

2). Aceptar que el cambio continuo forma parte de la vida.

3). Aprender a no magnificar hechos o situaciones y ponerlas en perspectiva.

4). Aprender a distinguir entre lo que depende de uno y lo que no para no asumir cargas innecesarias.

5). Ser consciente de que tenemos la capacidad para reinterpretar de una manera menos estresante todo aquello que no depende de nosotros.

6). Centrarse en cambiar lo que sí depende de nosotros. Ponerse pequeñas metas asumibles e ir hacia ellas.

7). Aprender a cuidarse: a veces la vorágine diaria hace que ni siquiera nos preguntemos qué necesitamos o qué nos gustaría hacer. Practicar actividades que nos hacen sentir mejor nos ayuda a poner en forma nuestra mente (y nuestro cuerpo) para hacer frente a situaciones que requieren resiliencia.

8). Intentar aprender del propio estrés: analizar situaciones de estrés anteriores para ver qué podemos cambiar al enfrentarnos a una nueva, preguntarnos qué factores desencadenantes deberíamos revisar para poder gestionar mejor nuestro tiempo, “escuchar” las señales fisiológicas que experimentamos en medio del estrés para aprender a desarrollar habilidades en futuras situaciones similares y valorar el hecho de que las adversidades también son una oportunidad para crecer como personas.

9). Establecer buenas relaciones: contar con personas que nos quieren, apoyan y con las que podemos compartir momentos de calidad también fortalece la resiliencia.

10). Establecer una buena relación con uno mismo: a veces somos nuestro peor enemigo. Para desarrollar la capacidad de resiliencia es necesario que aprendamos a confiar en nuestras capacidades.

11). Revisar nuestra biografía para determinar qué factores no sabemos manejar y buscar apoyo profesional, si es necesario, para aprender a mejorar nuestras habilidades y nuestras respuestas ante esos factores.

12). No quedarse anclado en el análisis, ya que entonces propiciamos la ansiedad. Una vez realizado el análisis hay que pasar a la acción: poner en práctica nuevas respuestas al estrés.

 

Fuentes:
To handle Increaded Stress, Build Your Resilience

Resilience is about how you recharge, not how you endure