Podemos categorizar a los niños y adolescentes con trastorno de lateralidad en dos tipologías: los hipotónicos y los hipertónicos. Hoy hablaremos de los primeros y dedicaremos el próximo artículo a los segundos.

Un niño hipotónico no tiene una buena coordinación motriz (del movimiento), motivo por el que es tildado de torpe o patoso. Es el típico niño que tropieza con la alfombra de casa, al que se le cae el tenedor y se ensucia muchísimo durante las comidas. El mismo problema de coordinación es el que causa, asimismo, que sea lento: tiene grandes dificultades para cortar con las tijeras, plasmar un dibujo y escribir.

El niño hipotónico tiene dificultades de aprendizaje en la escritura porque no coordina bien el ritmo al cual tiene que escribir con la noción de espacio (percepción de las letras). Por eso hay muchos niños de 7-8-9 años que ya deberían haber adquirido el aprendizaje de la escritura y, en cambio, todavía invierten letras, las añaden u omiten (de una manera inadecuada). A menudo, y sin serlo, esto se diagnostica como dislexia. Debido a la torpeza motriz, estos niños, además, se concentran tanto en hacer la letra bien que suelen apretar demasiado el lápiz o el bolígrafo sobre la hoja: se trata de un tipo de letra a la que denominamos “disgrafía” (mala letra).

Tal como precisamos habitualmente, estos pacientes tienen un cociente intelectual normal e incluso, en algunos casos, superior a lo normal. Sin embargo, al ser lentos, tienen dificultades escolares; dificultades que en la mayoría de los casos pueden compensar muy bien mientras están cursando los primeros años de Primaria, hasta que, de repente, experimentan un gran bajón en su rendimiento escolar.

¿Tu hijo se distrae a menudo y es lento y patoso? puede ser hipotónico_Centro de lateralidad y psicomotricidad Joëlle Guitart

Otra característica del niño hipotónico es que desconecta de su entorno muy a menudo. En el colegio, por ejemplo, empieza a escuchar las explicaciones del profesor, pero al cabo de un rato deja de estar presente en el aula, se queda out. Aunque después se reengancha a las explicaciones, estas interrupciones que necesita hacer porque no sigue el ritmo del profesor, provocan que cuando se le hace una pregunta sobre lo que se ha dicho no tenga la información para responder o que no haya archivado todas las indicaciones dadas para hacer los deberes o un trabajo. Paulatinamente, estas situaciones van creando un problema en su rendimiento escolar y también en su rendimiento emocional: empieza a bloquearse con facilidad, se vuelve inseguro y comienza a percibirse a sí mismo como incapaz; una percepción que le lleva a la infravaloración y, en muchas ocasiones, a una desmotivación que deriva en predepresión e incluso depresión.

En el centro hemos visto con relativa frecuencia pacientes de edades muy tempranas a los que, en el momento de empezar la terapia, estaban tratando con psicofármacos; un hecho que nos parece alarmante. Debemos plantearnos bastantes cuestiones si a un niño le dan medicación por ser disperso y tener problemas de concentración.  Aunque es cierto que los padres de estos niños padecen en su día a día las dificultades de sus hijos y su sufrimiento, y que no entienden por qué sacan tan malas notas teniendo un buen cociente intelectual, es fundamental que den los pasos necesarios para averiguar la etiología de estos síntomas (al igual que hacemos con cualquier otro problema de salud). Conocer la causa permitirá derivar al niño al especialista adecuado y curarlo. La torpeza, la lentitud y la desconcentración no siempre tienen su etiología en el trastorno de lateralidad, pero cuando es así es imprescindible realizar un test completo de lateralidad e iniciar la terapia para lateralizar homolateralmente al paciente. A medida que el niño pasa de una lateralidad cruzada a una lateralidad homogénea, los síntomas mencionados van desapareciendo, lo que le permite desarrollar todo su potencial intelectual y crecer emocionalmente sano.

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