Una de las mejores aproximaciones sobre la felicidad que he leído últimamente es la que hace la psicóloga Fátima Servián en un artículo publicado en The Conversation al preguntarse por qué nos entrenamos día a día, sin saberlo, para no ser felices.

La pregunta puede sonar a provocación, pero no está formulada en absoluto con ese propósito. Hemos comprado la idea de felicidad que se nos presenta en los anuncios, en las redes sociales y en la mayoría de los medios de comunicación sin revisarla.

¿Y si la felicidad es otra cosa?

Tal como dice ella, esta concepción de la felicidad es exclusivamente hedonista, está basada en que sea lo externo lo que nos haga felices, no permite emociones displacenteras y su mecanismo es una trampa porque las cotas de lo que debe proporcionarnos deleite son cada vez más altas. Es como navegar teniendo como único objetivo alcanzar el horizonte y constatar que este es inalcanzable porque se va desplazando a medida que nosotros también lo hacemos.

La sensación de felicidad siempre es subjetiva, pero si esta experiencia subjetiva depende del consumismo, del placer inmediato y de negar o evitar cualquier aspecto negativo de la vida, no es de extrañar que en las últimas décadas se hayan incrementado las enfermedades mentales, haya aumentado la tasa de suicidios en todo el mundo y se hayan disparado los casos de ansiedad, depresión y soledad.

¿Y si la felicidad es otra cosa?

De hecho, la felicidad depende en gran medida de nosotros y muy poco de lo externo (es, fundamentalmente, eudonómica). Esta idea es mucho menos atractiva que un anuncio de Instagram, pero es mucho más potente y efectiva (si hablamos en serio sobre la felicidad). La cuestión es si estamos dispuestos a admitirlo, ya que aceptarlo implica replantearse algunas cosas y pasar a la acción.

¿Y si la felicidad es otra cosa?

Los 4 pilares que le dan sentido a la vida

Los investigadores que intentan averiguar las causas del sufrimiento que provoca tantos problemas de salud mental se han dado cuenta de que la clave está en la falta de sentido que le damos a nuestra vida. Los estudios indican que lo único que puede llenar el vacío que sentimos es proporcionarle sentido a nuestra existencia. Y ¿qué es lo que hace que una vida tenga sentido? Esto es lo que ha investigado la psicóloga, filósofa y escritora Emily Esfahani.

Resumimos los 4 pilares sobre los que se construye una vida con sentido para esta especialista (podéis ampliar la información escuchando la charla de Aprendemos juntos y leyendo su libro El arte de cultivar una vida con sentido, que ya se ha traducido a 15 idiomas) agregando algunos apuntes.

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Pertenencia

Hay muchos estudios concluyentes sobre lo importante que son las relaciones para la felicidad. Pero la pertenencia se refiere a esas relaciones que nos hacen sentir valorados por lo que somos en esencia, no por nuestra posición, logros, apariencia, etc. Sentir que le importamos a alguien, o a una comunidad, por lo que somos como sujetos, contribuye a dotar de sentido nuestra vida. Por el contrario, si nos sentimos ignorados o rechazados, esa invisibilidad hace que la vida cobre menos sentido. Esto podría hacernos pensar que la pertenencia queda supeditada a la opinión que los otros tengan sobre nosotros, pero no es así. Somos responsables de las amistades y parejas que escogemos. Por ejemplo, si un amigo solamente habla de sí mismo sin interesarse por nosotros o no para de mirar el móvil siempre que quedamos para tomar algo, ¿es un amigo? ¿estamos en una relación de calidad que nos pueda ofrecer ese sentido de pertenencia?

Propósito

Aunque parezcan sinónimos, propósito y sentido no son lo mismo. El propósito es un componente del sentido. Es el vector o principio que nos orienta hacia el futuro, un futuro que incluye aportar algo a los demás, al mundo. Es decir, el propósito consiste en conectar las cosas que hacemos con algo más global.

¿Y si la felicidad es otra cosa?

La experiencia de trascendencia

No hay que ser necesariamente religioso para vivir la experiencia de trascendencia. Es un sentimiento de conexión con algo más grande que uno. Puede darse al estar en contacto con la naturaleza, a través del arte o practicando meditación, por ejemplo. Los beneficios de la meditación, mindfulness o programas de entrenamiento mental contemplativo están constatados científicamente desde hace años; sin embargo, todavía hay mucha gente que los desconoce o desconfía de ellos.

Las investigaciones al respecto sugieren que es como subir metafóricamente a la cima de una montaña: al bajarla, la perspectiva de las cosas es diferente. Se suele ser menos individualista y más empático.  Hay algo en este tipo de experiencias de trascendencia que reorganiza nuestra manera de pensar y estar en el mundo. De hecho, casi todos los astronautas experimentan el llamado efecto balance cuando observan la Tierra desde el espacio por primera vez: no solo viven algo único, sino que lo hacen a un nivel muy profundo, se conectan de otra forma al planeta.

La narrativa

Es lo que nos contamos sobre nosotros mismos, nuestra narrativa personal. Se trata de la explicación que nos damos de quiénes somos y de cómo hemos llegado a ser como somos. Esta narrativa siempre está en nuestra cabeza, por lo que si nos hacemos conscientes de ella, podemos editarla en el caso de que no nos deje avanzar. Básicamente, es lo que se hace en una terapia o cuando uno se adentra de verdad en la meditación.