La agresividad en los niños es una forma de comunicación

La agresividad en los niños es un tema de consulta relativamente frecuente. Algunos padres de pacientes del centro nos preguntan qué deben hacer para que sus hijos dejen de pegar a otros niños en la escuela, se muestran preocupados porque les gustan los juegos agresivos de lucha libre o jugar con pistolas y espadas de juguete, y no entienden por qué, cuando juegan con ellos, el niño utiliza un muñeco para pegarles o hacen ver que los matan, por ejemplo, dando por terminado el juego.

«Vivimos en una sociedad que deja poco espacio para contactar con sentimientos como el de la rabia, la ira, el enfado y la tristeza. La agresividad es una energía vital que hay que intentar entender porque es una forma de comunicación», nos explica la psicóloga Meritxell Pujol.

Ahora bien, es importante que al aproximarnos al tema de la agresividad en los niños nos planteemos las preguntas de la forma adecuada, ya que según cómo las formulemos, nos direccionarán hacia una vía u otra. No es lo mismo enfocarse a que el niño deje de pegar en la escuela (solo buscamos una solución) que preguntarnos qué le pasa a un niño que pega a sus compañeros. En este segundo caso, nos enfocaremos a intentar comprenderle y a plantearnos qué necesita para abandonar esta actitud; de tal modo que nuestra actuación será distinta: no solo evitaremos reprimir una agresividad, sino que solucionaremos aquello que la estaba causando.

Qué nos dice la agresividad en los niños

Qué nos dice la agresividad en los niños

Desde el punto de vista de la psicomotricidad, la agresividad se entiende como energía vital; una energía que todos llevamos dentro y expandimos hacia el exterior.

Basta pensar en los niños muy pequeños para darnos cuenta de que a veces empujan o pegan para comunicarle al otro que hay algo que les molesta o que quieren algo.

A medida que el niño crece y va adquiriendo el lenguaje, esta agresividad se va transformando y elaborando. Empieza a comunicarse de otra forma. No obstante, es necesario entender que en los primeros años de vida, la agresividad está presente en los niños pequeños y en su juego, ya que es una expresión de movimiento. Y el niño también se construye y se reafirma mediante el movimiento de su cuerpo.

«Desde la psicomotricidad partimos de la idea de que la agresividad no debe reprimirse ni culpabilizarse, sino que debe ser asumida y dominada por nuestro consciente. Solo así podrá ser expresada de una manera positiva, en vez de canalizarla hacia la destrucción y la violencia. En la edad adulta, debemos encontrar las canalizaciones adecuadas y desviar la expresión de la agresividad para que encuentre una salida socialmente adaptativa», prosigue la especialista.

A veces, los límites que los adultos ponemos a los niños o la frustración que ellos sienten cuando algo no les sale como quisieran les puede provocar una conducta destructiva. Esta fase es clave en los niños para que, posteriormente, se sigan construyendo y entiendan conceptos clave como la perseverancia; una cualidad necesaria, junto a la paciencia, para llegar a conseguir todo aquello que nos marcamos como metas en la vida.

Cómo gestionar la agresividad en los niños

En cuanto a los límites, la educación que les damos a nuestros hijos en este sentido y la respuesta que tenemos cuando un hijo intenta sobrepasarlos es fundamental. A un hijo deberíamos proporcionarle el ambiente de seguridad suficiente para que pueda expresar su enfado, frustración e, incluso, agresividad (que no violencia) cuando se topa con los límites que le pone el adulto o la vida (aprender a aceptar que las cosas no siempre son como queremos enfada e irrita mucho), pero sin ceder a sus presiones ni reaccionar con agresividad. «Como padres, debemos construir para el hijo un entorno seguro en el que el niño reciba los síes y los noes a sus demandas entendiendo que detrás de ellos, en realidad, siempre hay un gran , el de nuestro afecto y el de la relación que tenemos establecida», señala la psicóloga.

Dicho de otro modo, hay que hacerle saber al niño que aunque se enfade y grite, aunque se produzca una discusión, el afecto que le profesamos no va a cambiar y que nuestra relación no queda comprometida por ello.

 «Si bien la situación es distinta porque estamos hablando de la relación entre padres e hijos, recuerdo el caso de una paciente de 20 años que me explicaba en las sesiones lo mal que vivía las peleas con su pareja, la inseguridad que le creaban. Fue fundamental identificar que las discusiones le hacían sentir que su relación se tambaleaba. Cuando lo habló con su pareja, él le dijo que, aunque se enfadara con ella, eso no significaba que no la quisiera o que se planteara dejar la relación. Es muy importante, hacerle sentir al otro que podemos contener su enfado, que nuestra relación es fuerte. Aunque las relaciones entre adultos son diferentes, la base del problema era parecida», explica Pujol.

Volviendo a las relaciones con los niños, debemos transmitirles que nuestra relación es inamovible y fija, que tienen nuestro afecto asegurado. La agresividad verbal y corporal, (sin llegar a la violencia), es una comunicación.

En terapia, desde el espacio terapéutico con el juego y la psicomotricidad, se elaboran las frustraciones y enfados para que encuentren una vía adecuada de escape.

Cómo gestionar la agresividad en los niños

Las diversas manifestaciones de la agresividad

Las manifestaciones de la agresividad pueden ir en varias direcciones: contra el adulto, contra un objeto, contra otros niños o contra uno mismo. Hay niños que “no paran”, que no respetan ninguna norma, tiran los juguetes, los materiales, destruyen cosas, se tiran al suelo, dan patadas, pegan, tiran del pelo, muerden a la menor ocasión, etc. Hay otros niños que antes de llegar a la agresión en sí con su cuerpo, con sus gestos o con su voz, anticipan la acción. Son los niños que se ponen rojos de rabia antes de estallar, que chillan amenazando, que se les desorbitan los ojos, que rigidizan su cintura escapular y brazos, que aprietan fuertemente los puños. Niños que con toda esta gesticulación dan la apariencia de ir montando en cólera.

Por el contrario, también hay niños que inhiben la agresividad que sienten: la bloquean sin poder expresarla al exterior. Debemos ir con mucho cuidado a la hora de expresar opiniones como que un niño así es “bueno”, ya que su agresividad, aunque esté reprimida está latente.  Si percibe que es mejor que no exprese sus sentimientos y deseos por miedo a dejar de ser aceptado, esta inhibición de la agresividad podría llevarle a estallidos de cólera cuando se presente una situación en la que ya no pueda reprimirse más o/y a otras complicaciones en el desarrollo de su personalidad.

El juego como recurso de expresión

El juego es un recurso que tienen los niños para poder expresar todas estas emociones y sentimientos. Cuando los niños pequeños juegan a devorar al otro, a ser el lobo feroz, a matar al otro, etc., están expresando esta agresividad desde su mundo simbólico. En el espacio del juego pueden matarnos sin sentirse culpables.

Algunos padres, por ejemplo, son reacios a que sus hijos vean series que ellos consideran violentas (obviamente, nos referimos a series rodadas para niños de su edad) o no se sienten cómodos con que sus hijos jueguen con pistolas, ya que piensan que es un horror matar a otra persona. Sin embargo, el niño no va tan lejos como van los pensamientos de los adultos: para él, jugar a devorarnos o a matar es triunfar por encima de adulto, destruir la autoridad y los límites que los adultos y la autoridad simbolizan. Así es como el niño va encontrando su individualidad y se va construyendo.

Cuando la agresividad en los niños es un problema de regulación

Cuando la agresividad es un problema de regulación de las emociones

Como hemos visto, la agresividad es una energía de vida que los niños han de poder expresar. No obstante, la agresividad puede ser síntoma de qué se está comunicando de manera desadaptativa alguna emoción y esta agresividad mal canalizada comporta problemas sociales y familiares, ya que interfiere en nuestra comunicación con los demás. Sin embargo, en algunos casos, también puede ser un problema de regulación: hay niños que ante una emoción determinada pegan al otro como una manera de demostrarles que están contentos, incluso les empujan o les pellizcan. Esto crea una dinámica compleja, porque lo que provocan en el otro es justo lo contrario a lo que querían provocar.

«Hace un tiempo, llegó al centro una paciente de 7 años a la que le costaba regular sus emociones. Cuando estaba contenta o cuando sentía celos, respondía con agresividad al otro. Esto le causaba problemas en la escuela y en sus relaciones sociales. Era una dinámica que le perjudicaba, ya que en vez de promover el acercamiento y atención del otro, recibía el rechazo o el castigo del adulto. En las sesiones fue clave identificar esas emociones y entrar en contacto con ellas, así como darle recursos para que aprendiera a regular esas emociones y las pudiera expresar mejor. Es decir, se la reconoció como individuo, se validaron sus emociones y se le dieron recursos para que pudiera construirse a sí misma», nos explica Meritxell Pujol.

 

El juego es esencial para los niños. En el caso descrito, a través del juego se pudieron identificar y reconocer emociones que la paciente no podía reconocer en la vida real. Asimismo, es importante saber que el hecho de que el niño nos mate en el juego está bien, ya que allí no somos nosotros, representamos otra cosa. Que el niño pegue y destruya en el juego es una manera de dar salida a estas emociones y que no lo haga en la vida real.

Otro caso muy ilustrativo

La psicóloga nos relata un caso que ilustra muy bien el papel del juego como vía para expresar las emociones en un ambiente adecuado y poder trabajar con ellas. A la vuelta del confinamiento, un niño jugó con unos muñecos a que se iba de casa. Estaba muy enfadado con sus padres y en el juego decidía irse por su cuenta. En sus dibujos aparecía la historia de la película Inside Up (película en la que una niña se va de casa, pero, posteriormente, decide volver porque se siente triste y echa de menos a su familia). Al dibujar y jugar sus emociones, el niño las expresó de una manera adaptativa.

 

« Es normal que después de estar tanto tiempo confinado en casa, aparecieran ganas de separarse de sus padres, aunque, como en la película, estas ganas coexistían con las de estar junto a ellos. En general, ante la agresividad de los niños, nuestro comportamiento debe buscar el equilibrio entre no dejarles pensar que nos pueden o que les tenemos miedo y no actuar respondiendo a su agresividad con más agresividad. Una actitud que siempre ayuda es ampliar nuestra mirada y no quedarnos anclados en el hecho concreto, sino buscar la raíz del comportamiento del niño; sobre todo, si se da de manera reiterada», concluye la especialista.

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