La función del juego

La respuesta corta a esta pregunta intencionadamente provocativa que, en realidad, quiere incitar a la lectura es: no, tu hijo no va a terapia para jugar, aunque en las sesiones de terapia juegue. Y mucho.

De hecho, deberíamos formular la pregunta de una manera distinta: ¿por qué la función del juego es tan importante en una terapia?

Todos hemos visto o vivido en primera persona la siguiente situación: una madre o a un padre construyen una torre de piezas al jugar con su hijo de corta edad. Una vez alzada la torre, el niño la derriba. Y este gesto de destrucción le produce un gran placer. Se trata de un juego de oposición bastante infantil al que les gusta jugar, sobre todo, a los bebés.

Jugando a este juego, además de aprender la noción de temporalidad (construcción-destrucción), el bebé adquiere una información que para él será fundamental en ese periodo y en los años venideros: que su mamá y su papá están allí para volver a crear lo que es destruido en su mundo, aunque lo destruya él mismo. Una vez que el bebé ha comprobado una y otra vez que esto es así, deja de necesitar jugar a derribar la torre y evoluciona hacia otro juego (si el niño persistiera en ello, esta reiteración constituiría una señal de alarma).

Lo que un terapeuta observa cuando un niño juega, como en este caso, a un juego de oposición, puede significar cosas distintas en función de la edad del niño. En las sesiones de psicomotricidad con pacientes algo más mayores se hace el siguiente ejercicio: se prepara una sala con cojines dispuestos formando varias barreras y con material de protección para que el entorno sea seguro (colchonetas en el suelo, otros cojines que amortigüen eventuales caídas, etc.). El juego consiste en que el niño derribe estas barreras. ¿Por qué? porque es un ejercicio que le permite jugar con su agresividad de forma sana, ya que la agresividad es una emoción innata en las personas que un niño también necesita manifestar y canalizar. De hecho, si esta agresividad entendida como emoción de vida no encuentra una canalización adecuada, el niño puede llegar a manifestarla de maneras perjudiciales: ser un niño que agrede a otros niños, ser agresivo en casa, etc.

¿Mi hijo va a terapia para jugar? La función del juego

Los niños experimentan un gran placer al jugar a derribar barreras. Y este placer aumenta si el terapeuta les reta diciéndoles que no serán capaces de derribarlas. ¿Qué les provoca tanta satisfacción? Las respuestas son diversas en función del caso que tenga delante el especialista: puede ser que el niño tenga la necesidad de derribar al adulto, de oponerse a él, que necesite eliminar límites, etc. En cualquier caso, es muy importante que el niño pueda conectar con sus emociones y que el terapeuta sepa recoger estas emociones para trabajarlas con el paciente.

Para entrar en materia, hemos puesto dos ejemplos de juego de oposición, pero hay muchos tipos de juegos y cada uno de ellos está pensado para proporcionarle al terapeuta una información determinada sobre el paciente; información que puede estar relacionada con su desarrollo psicomotor, cognitivo o emocional (o con varios aspectos a la vez) y que el terapeuta tendrá en cuenta para preparar las siguientes sesiones de terapia con el fin de ir trabajando los aspectos que sean necesarios.

Hay muchos tipos de juegos y cada uno de ellos está pensado para proporcionarle al terapeuta una información determinada sobre el paciente; información que puede estar relacionada con su desarrollo psicomotor, cognitivo o emocional (o con varios aspectos a la vez), y que el terapeuta tendrá en cuenta para preparar las siguientes sesiones de terapia con el fin de ir trabajando los aspectos que sean necesarios

El niño se construye mediante el juego

«El niño juega su infancia. Para él todo es un aprendizaje y experimenta este aprendizaje a través del cuerpo. Esto significa que el niño se construye mediante el juego: a través de él se construye a sí mismo, construye su entorno y también su realidad. Así como el adulto comprende la infancia, el niño la vive y la experimenta.  Cuando un niño pequeño juega, entiende de alguna manera que existe la gravedad, que las cosas se pueden caer y también que se pueden volver a montar o poner de pie; que si es él quien se cae, lo hace en un espacio determinado y en un tiempo, que pese a la caída sigue de una pieza y que puede volver a levantarse, etc.», nos explica la psicóloga Meritxell Pujol.

Los juegos evolucionan por fases

A medida que el niño evoluciona, cambian los juegos a los que juega en terapia. Existen muchos tipos de juego y el terapeuta debe tener muy presente las necesidades del paciente en cada sesión a la hora de escoger un juego u otro. «No solo hay que escoger el juego tomando como criterio la habilidad o capacidad que se quiere trabajar, también hay que ver cómo llega el paciente a la sesión. No hay criterios fijos ni lineales, y el terapeuta puede ir cambiando de juego en una misma sesión en función de lo que vaya ocurriendo en el transcurso de esta. Después del confinamiento, hay niños que han vuelto a juegos más infantiles, por ejemplo, como si emocionalmente necesitaran afianzar su base. Por otra parte, hay que diferenciar entre los juegos que utilizamos para trabajar los aspectos psicomotores y otros juegos, como los simbólicos. Con los primeros trabajamos normalmente los aspectos estrictamente relacionados con la lateralidad, pero también es necesario que el niño aprenda a simbolizar para realizar aprendizajes como la lectoescritura y otros aprendizajes cognitivos», prosigue la especialista.

¿Mi hijo va a terapia para jugar? La función del juego

Tipos de juego

Los juegos de vinculación

Los juegos de vinculación son los primeros juegos del bebé y son muy vivenciales: cuando los padres lo arropan, cuando lo hacen trotar en sus rodillas, etc. Son juegos que vinculan emocionalmente al bebé con sus progenitores.

 

El niño, a través del contacto de su piel con la de sus padres, aprende los límites de su propio cuerpo y lo que significa el contraste: cuando le tocan y cuando no, cuando lo dejan un instante en el aire y cuando lo recogen, etc.

Los juegos de reaseguramiento

Son los juegos de oposición y de saltar, caerse, etc. Este tipo de juegos permiten que el niño experimente con su propio cuerpo y vaya desarrollando su propia imagen corporal.

Por ejemplo, si en la terapia se quiere trabajar el salto, se preparará una sala con bancos suizos, cuerdas y otros obstáculos asegurándonos de que todo el entorno es seguro. El niño escogerá con que obstáculo quiere jugar. Pero puede darse el caso de que el niño no quiera en esa sesión jugar a saltar o que tenga miedo a las alturas y decida, por ejemplo, jugar a otro juego que le proporcione sensación de protección (hacerse una casita en la que sentirse seguro, por ejemplo). Es el niño el que muchas veces marca el ritmo, y el terapeuta debe acompañarle hasta que esté preparado para saltar.

«Todo esto está relacionado con los miedos del niño. Antes de saltar quiere estar seguro de que si salta no pasará nada, aunque se caiga. Al comprobar que no se hace daño porque la sala está acondicionada, va adquiriendo confianza y va aumentando el grado de dificultad al que está dispuesto a enfrentarse porque el juego también le va reconfortando y ha aprendido que puede levantarse. Tanto si el niño salta bien como si se cae, el terapeuta recogerá sus emociones y le dará el feedback para que entienda lo que está pasando, cuáles son sus límites y las posibilidades de su cuerpo. Es una dinámica», explica la terapeuta .

En esta etapa es fundamental que el niño experimente ampliamente los contrastes para, posteriormente, poder llegar a entender bien lo simbólico y poder diferenciar los distintos colores y las diversas formas, la diferencia entre arrastrase y saltar, entre caminar de puntillas, con los talones, con el canto exterior de los pies, etc.

Cuando un niño representa una unidad familiar con muñecos, podemos saber qué le preocupa, a qué le da importancia, cuáles son para él las dinámicas familiares, etc. Ahora bien, el hecho de que el niño represente a unos padres ausentes, que discuten, que trabajan demasiado o que son cuidadores no significa necesariamente que esta sea su realidad: hay que ver por qué está acentuando esa situación, qué quiere expresar

Los juegos presimbólicos  

Son los juegos de esconderse, encontrar al otro, oponerse, etc.

Es importante que en los juegos como el de pilla-pilla o el de esconderse reforcemos su autoestima haciendo ver que nos cuesta pillarle porque corre mucho o es muy ágil (hay que decírselo), y dejando transcurrir un tiempo antes de encontrarle (haciéndole saber que es muy habilidoso encontrando buenos escondites).

Los juegos simbólicos de 3 a 5 años

Los humanos tenemos la capacidad de proyectar con el pensamiento lo que no existe o lo que no está ocurriendo en la realidad. En el juego simbólico, el niño transforma la realidad para jugar a ser otra cosa o crear una realidad que no existe, lo que le permite ampliar las posibilidades de su propia autorrepresentación y conectar con ello para construir su propia identidad: quién es, quién quiere ser, etc.

El juego simbólico debe ser un juego placentero y seguro para el niño: debe sentir que hay un gran margen de error para transformar la realidad y, posteriormente, saber volver a la suya propia.

En los juegos simbólicos, el niño siempre representa la parte más significativa del concepto que tiene sobre aquello sobre lo que simula. «Este aspecto nos ayuda a los profesionales a entender mejor a los pacientes, ya que nos aporta mucha información relacionada con lo que consideran esencial. Por ejemplo, cuando un niño representa una unidad familiar con muñecos, podemos saber qué le preocupa, a qué le da importancia, cuáles son para él las dinámicas familiares, etc. Ahora bien, el hecho de que el niño represente a unos padres ausentes, que discuten, que trabajan demasiado  o que son cuidadores no significa necesariamente que esta sea su realidad: hay que ver por qué está acentuando esa situación, qué quiere expresar», matiza la psicóloga.

 

Muchos niños, cuando se dibujan a sí mismos al inicio de la terapia, tienen serias dificultades para representar su propio cuerpo (esquema corporal) debido a que tienen una percepción de sí mismos bastante desorganizada. Esto se debe a sus dificultades de organización espacial, a que no distinguen la izquierda de la derecha, etc. Es muy habitual que en sus dibujos falte algún miembro o que, por ejemplo, la figura esté muy desproporcionada.

Otro ejemplo de juego simbólico es el de “Como si…”. En este juego, el niño asume ser otro y se sitúa en el lugar de ese otro disfrutando al realizar conexiones invisibles entre su propio cuerpo y ese otro, que puede ser el lobo feroz, Superman, o cualquier otro personaje. También puede jugar con otra persona adjudicándole a su vez un personaje. Sin embargo, cuando acaba el juego, el niño sabe que no es el lobo feroz o que la otra persona tampoco lo es. De modo que el juego le permite experimentar emociones como el miedo de ser perseguido por el lobo y dejar de sentirlo cuando el juego acaba.

 

En el juego simbólico hay una primera etapa en la que el niño todavía no puede diferenciarse del todo de sí mismo: los muñecos con los que juega tienen características suyas o proyecta en ellos las que le gustaría tener. Por ejemplo, es posible que un niño que tiene problemas con otros niños del colegio juegue con superhéroes buscando en ellos la fuerza que le gustaría tener para defenderse.

En cambio, en una segunda etapa, el niño podría jugar a juegos de rol interpretando un personaje con el que no comparte ninguna habilidad o característica.

En resumen, a través del juego el niño conoce su cuerpo, sus límites, se construye como sujeto, aprende el funcionamiento del mundo, busca crear sentido, representa sus emociones y evoca una parte subjetiva de su persona (y de los otros) que cambia a medida que él también va cambiando.

La función del juego en terapia

La transformación de su propia representación

Muchos niños, cuando se dibujan a sí mismos al inicio de la terapia, tienen serias dificultades para representar su propio cuerpo (esquema corporal) debido a que tienen una percepción de sí mismos bastante desorganizada. Esto se debe a sus dificultades de organización espacial, a que no distinguen la izquierda de la derecha, etc. Es muy habitual que en sus dibujos falte algún miembro o que, por ejemplo, la figura esté muy desproporcionada. Trabajar a través del juego los ítems de la lateralidad les permite conocerlo, tomar conciencia de él, saber hasta dónde llega y dónde empieza el mundo exterior, etc. Y, sin duda, este aprendizaje se ve facilitado cuando se lleva a cabo desde la emoción porque todo lo vivencial que genera emoción es recordado. Asimismo, el hecho de que el terapeuta recoja y refleje las emociones del niño contribuye a que este aprendizaje se establezca, a que quede fijado en el niño. Es significativo observar que a medida que avanza la terapia, estos pacientes cada vez plasman mejor en los dibujos lo que para ellos es su persona: la pueden ir transformando hasta que se corresponde con la que es.

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