No hay dos voces iguales, cada voz es única

La voz refleja quiénes somos: nuestra alma, personalidad e identidad. Y también cómo nos sentimos física y emocionalmente. Incluso revela nuestra evolución, la historia de nuestra vida. Así lo asegura el otorrinolaringólogo, foniatra y cirujano craneofacial Jean Abitbol, uno de los mejores especialistas del mundo en el aparato fonador.

Además, la voz es un instrumento musical y, de entre todos los instrumentos que existen, es el único que es de cuerda y de viento a la vez, ya que es la respiración la que hace que nuestras cuerdas vocales vibren.

Asimismo, no hay dos voces idénticas. Hay tantas voces distintas como seres humanos, ¡casi 8.000 millones de voces diferentes! ¿Cómo es posible, si todos tenemos los mismos órganos fonadores y respiratorios? La respuesta está en los armónicos. Debido a que la anatomía de cada persona es diferente y a que utilizamos los órganos también de manera diferente, los resonadores que tenemos en el tracto vocal y en la caja torácica hacen que cada persona tenga un grupo de armónicos (llamado formante) distinto que singulariza su voz, que la hace única; de la misma manera que no hay dos huellas dactilares idénticas.

Nuestra identidad se refleja en la voz

¿Cómo afectan las emociones a la voz?

En un artículo publicado en Scientific American, el doctor Abitbol explica la fisiología de la voz y cómo le afectan las emociones: «La voz es el instrumento musical humano. Consiste en un elemento vibratorio, cámaras de resonancia y la energía que produce las vibraciones. Esta energía proviene de la respiración que se origina en los pulmones. Las vibraciones se producen en las dos cuerdas vocales, en la parte inferior de la caja de la voz, o laringe, que están dispuestas en forma de “V”, perpendiculares a la tráquea. Finalmente, las cámaras de resonancia están formadas por múltiples estructuras situadas por encima de las cuerdas vocales: la parte superior de la laringe, la faringe, la cavidad nasal y la boca. La lubricación de las cuerdas vocales es muy buena cuando te sientes bien, pero lo es mucho menos cuando estás ansioso, estresado o tienes miedo escénico. El suministro de sangre también se deteriora en este último caso, en particular debido a una contracción de los vasos sanguíneos. Entonces las cuerdas vocales se blanquean y pierden su flexibilidad, lo que se traduce en una sequedad en la voz. Además, el estrés frecuente e intenso provoca reflujo gástrico en las cuerdas vocales, que se secan por la acidez y se cubren de bultos (queratosis). Como resultado, la voz se quiebra y se vuelve ronca. Las expresiones emocionales también modifican la configuración de las cámaras de resonancia vocal, en particular al movilizar la boca y las mejillas».

Todo lo anterior explica que nuestras emociones se pueden escuchar, que sepamos cuándo un amigo que nos dice por teléfono que está bien, no lo está. Las emociones repercuten de una manera determinada en nuestro aparato vocal. De hecho, no es posible recrear con precisión una voz sintéticamente. Se logra hasta cierto punto, pero falta el componente emocional; precisamente lo que hacía que cantantes de ópera como Pavarotti o María Callas fueran únicos (técnica aparte).

En otros casos, una anomalía en el aparato fonador puede hacer que una voz sea extraordinaria. Louis Armstrong, por ejemplo, tenía dos masas enormes (benignas) en sus cuerdas vocales que le otorgaban esa ronquez inimitable.

Nuestra identidad se refleja en la voz

Si cambia nuestra voz, cambia nuestra identidad

En el artículo, el doctor Abitbol expone también varios casos de pacientes que ejemplifican hasta qué punto la voz es un componente esencial de nuestra identidad. Uno de ellos es el de una abogada que tenía una voz muy profunda y masculina debido a un edema en las cuerdas vocales. A pesar de que esta voz grave actuaba a su favor en el ámbito profesional porque se dedicaba a defender a matones, a ella no le gustaba. En contra de la recomendación del doctor Albiol, se hizo operar (por otro médico). Cuando la volvió a ver, tenía una voz aguda que le impedía reconocerse a sí misma. Había dejado de ser ella, sentía que ya no tenía autoridad, perdía las causas judiciales y su novio la había dejado. Todos estos cambios en su vida no se debieron a que el tono de su voz fuera más alto, sino al conflicto interno que le provocó no reconocerse en su propia voz.

Sin embargo, pocas personas se dirigen a este doctor para que les cambie la voz. Al 95 % de las que lo hacen las deriva a un psicólogo, a un logopeda o a un foniatra porque esta demanda suele revelar un problema psicológico subyacente. Hay personas que nunca consiguen hacerse oír en un reunión, otras que gritan al hablar para demostrarse algo a sí mismas y a los demás, hombres corpulentos ocupando puestos directivos que tienen voces infantiles o, por el contrario, hombres que esconden una fragilidad detrás de voces engoladas que pretenden transmitir poder.

Un último dato que llama la atención en este artículo es la cantidad de personas que quieren aprender a que su voz suene más persuasiva y transmita cierto poder desde que se han multiplicado las reuniones virtuales con el teletrabajo. Pero como dice el especialista, lo que estas personas quieren cambiar no es su voz en sí, sino la forma en que la usan.