Por Susana Lladó

La psicóloga de nuestro centro Núria León nos explica en esta entrevista por qué es tan importante para nuestra salud mental y bienestar social aprender a identificar las emociones que sentimos y expresarlas con normalidad; un aprendizaje que debería adquirirse en la infancia y que determina nuestra inteligencia emocional. 

¿Los niños entienden las emociones igual que los adultos?

Los niños, al igual que los adultos, no solo sienten emociones, sino que también pueden experimentar emociones intensas, se pueden sentir abrumados por ellas y les puede costar gestionarlas, como a nosotros. En su caso, no obstante, les es más difícil entender conceptos abstractos, comprender las diferencias y matices entre los diferentes tipos de emociones. Por esto es importante ayudarles a comprender, explicándoselo, el mundo emocional; así como fomentar que expresen lo que sienten.

 

¿Su manera de expresar las emociones es diferente a la de los adultos?

Sí. Los niños más pequeños, sobre todo, no utilizan tanto las palabras: expresan más sus emociones con la conducta, con el lenguaje no verbal, la mirada, la expresión facial, las posturas corporales, los gestos, etc. Por lo tanto, los adultos tenemos que estar atentos a estas manifestaciones e intentar descifrar lo que están expresando con ellas. Posteriormente, a medida que los niños van creciendo, van desarrollando la capacidad de verbalizar mejor lo que sienten utilizando más las palabras. En cualquier caso, es fundamental enseñarles a que esta expresión emocional la hagan de manera saludable y positiva para que se desarrollen con un buen equilibrio mental.

 

¿Qué consecuencias tiene para un niño no aprender a expresar sus emociones?

Actualmente, sabemos que los niños que tienen que reprimir o bloquear lo que sienten por vivir situaciones complejas de abuso, maltrato, etc., en un futuro pueden desarrollar problemas que les afecten el resto de sus vidas. En cambio, cuando un niño es capaz de hablar con sus padres sobre cómo se siente, esto le aporta seguridad porque se siente atendido y escuchado. El niño aprenderá a abrirse y a expresarse emocionalmente de una manera libre y saludable, lo cual contribuirá a la construcción de una buena autoestima, adquirirá habilidades sociales y se sentirá más motivado y capacitado a la hora de integrarse en las diversas situaciones que se le vayan presentando en la vida.

No hay emociones buenas y malas: hay emociones agradables y desagradables. Todas ellas tienen una función adaptativa, guían y organizan la conducta. Por esto es fundamental naturalizarlas.

Sin embargo, nuestra sociedad suele penalizar la expresión de las emociones; sobre todo, de las negativas

Sí, aunque cada vez menos. Pero es cierto que, como sociedad, todavía emitimos mensajes que transmiten la idea de que sentir emociones desagradables está mal. Seguimos diciendo frases como “No llores”, “No te pongas así” o “No te enfades”. Este tipo de mensajes no promueven la salud de las personas ni, por lo tanto, una sociedad saludable. Hay que normalizar las emociones: el hecho de que uno sienta y de que los demás también sientan.

 

¿Cómo se ayuda a un niño a reconocer sus propias emociones?

Como he comentado antes, los niños más pequeños no saben expresarlas bien con palabras, pero lo hacen a través del llanto, los golpes, rabietas, enfados, etc. Y también pueden estar expresándolas con problemas de sueño, haciéndose pipí o con un aumento de sus miedos, por ejemplo. Entonces, lo primero que debemos hacer es ayudarles a que puedan reconocer lo que les pasa y a que vayan poniéndole nombre a esas emociones, que las describan. Después, hay que ayudarles a que las acepten de una manera positiva. Y el entorno más adecuado para hacerlo es el de la familia.

 

¿Qué debería ocurrir en un entorno familiar emocionalmente saludable?

Los padres deberían dar ejemplo hablando con naturalidad de sus emociones con los hijos porque los niños observan a sus padres, son su modelo. Si ven que ellos expresan con calma lo que sienten, este comportamiento será su referente. Cuando un padre o una madre expresa con normalidad que ha tenido un día estupendo o un mal día en el trabajo, el niño aprende que todos las emociones son normales y que se pueden gestionar bien. En cambio, si los padres reprimen lo que sienten, se les sigue quedando dentro de alguna manera, y los niños lo detectan. Los padres, tutores y todos los adultos en general tenemos que ser un referente para que vayan desarrollando su inteligencia emocional, sin practicar juegos de poder, tener conductas manipuladoras o maltratadoras. Esta es la manera de fomentar un entorno sano de comunicación asertiva. Debemos normalizar las emociones porque son humanas y tienen una función.

Cuando un niño aprende que hay grados en las emociones, aprende a diferenciarlas. Esto le permite ser más consciente de sí mismo, expresar mejor lo que siente y aprender también a aceptar las emociones de los demás.

No hay emociones buenas y malas

No hay emociones buenas y malas: hay emociones agradables y desagradables. Todas ellas tienen una función adaptativa, guían y organizan la conducta. Por esto es fundamental naturalizarlas. Todas las emociones   ̶ tanto las que sienten los niños como las que sentimos los adultos ̶   son necesarias y tienen que ser escuchadas. Por otro lado, también es imprescindible enseñarles a los niños que hay grados en las emociones.

 

¿Por qué es tan importante?

Cuando un niño aprende que hay grados en las emociones, aprende a diferenciarlas. Esto le permite ser más consciente de sí mismo, expresar mejor lo que siente y aprender también a aceptar las emociones de los demás. Un niño muy pequeño quizá solo sepa decir “estoy bien” o “estoy mal”, que son categorías muy generales. Pero es bueno que, poco a poco, aprenda a distinguir los matices dentro de las categorías generales, la riqueza de las emociones. No es lo mismo decir que uno está triste que decir que uno siente nostalgia, por ejemplo. Todo este aprendizaje repercute en la inteligencia emocional.

 

Ahondemos un poco más en este punto

Dado que la expresión saludable de las emociones contribuye a organizar nuestra conducta, repercute también en cómo nos comunicamos. Como comentamos en una entrevista anterior sobre la agresividad, durante sus primeros años, los niños pueden expresar la frustración con rabietas o utilizar las pataletas para intentar conseguir lo que quieren. Este comportamiento no es grave, no debe preocupar a los padres porque con el tiempo el niño aprenderá a gestionar su frustración de una manera distinta. Lo importante es que cuando se dan estos episodios, los padres reaccionen con calma a su intensidad y no cedan a sus peticiones. Aunque el niño no entienda que no se le dé lo que quiere, sí percibirá la aceptación del progenitor a través de su calma y la escucha. Percibirá que le está proporcionando un espacio seguro. Esto es lo que le va a ayudar.

La inteligencia emocional incluye la empatía, la autorregulación, la expresión de los sentimientos, el control de nuestro carácter, la capacidad de adaptación, la persistencia, la automotivación, las habilidades sociales, la tolerancia a la frustración, la capacidad de ser flexible, etc. Todas estas habilidades no se miden con un test de CI, es mucho más complejo.

Hablemos de las emociones en las aulas de los colegios

En el aula, los profesores también deberían fomentar ese espacio de expresión de las emociones. Sobre todo, hay que tener en cuenta, por ejemplo, que los niños que tienen dificultades de aprendizaje o de atención, también suelen tener más dificultades de adaptación y para abrirse emocionalmente o desarrollar la inteligencia emocional. Además, suelen compararse mucho con los demás porque notan que no encajan, por lo que, normalmente, su autoestima es baja.

 

Has mencionado la inteligencia emocional en varias ocasiones. ¿Se nos ha olvidado su importancia?

En general, se habla mucho del coeficiente intelectual y poco de la inteligencia emocional, como si el único indicador de la inteligencia fuera el CI o el nivel de conocimientos adquiridos. Sin embargo, la inteligencia emocional es imprescindible para disfrutar de una buena vida y desarrollarnos plenamente como personas.  ¡Necesitamos aprender a ser inteligentes con nuestras emociones! Y esto se aprende en la infancia. La inteligencia emocional nos permite desarrollar las habilidades necesarias para descifrar lo que nos ocurre, lo que sentimos; gestionar en el día a día los obstáculos y superar retos, y vivir de una manera más satisfactoria con nosotros mismos y con los demás estableciendo mejores relaciones.  La inteligencia emocional incluye la empatía, la autorregulación, la expresión de los sentimientos, el control de nuestro carácter, la capacidad de adaptación, la persistencia, la automotivación, las habilidades sociales, la tolerancia a la frustración, la capacidad de ser flexible, etc. Todas estas habilidades no se miden con un test de CI, es mucho más complejo.

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